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miércoles, 26 de septiembre de 2018

Sentido de culpa.


Lo dijo Miguel Ángel Picheto Senador por la provincia de Rio Negro y Presidente del Bloque Justicialista en una entrevista con Jorge Lanata en PPT del pasado domingo 23 donde ratifico su decisión en contra de quitarle los fueros a Cristina Fernández Vda. de Kirchner en razón de los procesos decretados por el Juez Bonadío.

Pero hay algo más que me llamó la atención y en lo cual concuerdo con el Senador Picheto y es cuando dijo:” "los encuestadores y el periodismo le dan una centralidad permanente (a Cristina) y creo que eso también es funcional al Gobierno, porque le conviene confrontar con el pasado",
Inmediatamente me vino en mente un artículo escrito por Umberto Eco en su obra “De la estupidez a la locura” que creo explica de manera muy clara que es lo que pasa con algunos problemas que a diario viven los argentinos.

Dice Umberto Eco:
“Hablábamos con el famoso escritor español, Javier Marías,  del hecho evidente de que hoy en día la gente está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de aparecer en la pequeña pantalla, aunque solo sea como el imbécil que saluda con la manita por detrás del entrevistado.
¿Por qué esta locura, nos preguntábamos? Marías avanzó en la hipótesis de que todo lo que sucede deriva del hecho de que los hombres ya no creen en Dios. Tiempo atrás, los hombres estaban convencidos de que todos sus actos tenían al menos un espectador, que conocía todos sus gestos (y sus pensamientos), y podía comprenderlos y, si hacía falta, condenarlos. Se podía ser un paria, un inútil, un pelagatos ignorado por sus semejantes, un ser que inmediatamente después de morir sería olvidado por todo el mundo, pero se tenía la sensación de que al menos Uno lo sabía todo de nosotros.
«Dios sabe cómo he sufrido», se decía la abuela enferma y abandonada por sus nietos; «Dios sabe que soy inocente», se consolaba el que había sido condenado de manera injusta; «Dios sabe todo lo que he hecho por ti», repetía la madre al hijo ingrato; «Dios sabe cuánto te quiero», gritaba el amante abandonado; «Solo Dios sabe lo que he pasado», se lamentaba el desgraciado cuyas desventuras no le importaban a nadie. Dios era siempre invocado como el ojo al que nada escapaba y cuya mirada daba sentido incluso a la vida más gris y anodina.
Una vez desaparecido, apartado este testimonio omnividente, ¿qué nos queda? El ojo de la sociedad, el ojo de los otros, al que hay que mostrarse para no caer en el agujero negro del anonimato, en el vórtice del olvido, aun a costa de elegir el papel del tonto del pueblo que baila en calzoncillos sobre la mesa del bar.

La aparición en la pantalla es el único sucedáneo de la trascendencia, y es un sucedáneo al fin y al cabo gratificante: nos vemos (y nos ven) en un más allá, pero en cambio en ese más allá todos nos ven aquí, y aquí estamos también nosotros. ¡Qué suerte gozar de todas las ventajas de la inmortalidad (aunque sea bastante rápida y transitoria) y al mismo tiempo tener la posibilidad de ser celebrados en nuestra casa (en la tierra) por nuestra asunción al Empíreo!
El problema es que en estos casos se malinterpreta el doble significado del «reconocimiento». De la estupidez a la locura Umberto Eco

Y eso es lo que pasa con Cristina Fernández Vda. de Kirchner y todos aquellos quienes creen que les representará una tabla de salvación  a futuro con sus constantes apariciones en televisión (no por culpa exclusiva de ella) sino de aquellos que nos proporcionan temas sobre los que pensar, pero no nos dejan tiempo para hacerlo pues para ellos solo es un negocio.



 La foto es gentileza de Perfil

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