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miércoles, 26 de junio de 2013

Tiempo *

Pintura de Tamara Lempicka
El hombre se encontró con el tiempo y le preguntó: cuando tiempo me queda?.
-Depende, a lo que tú consideres como tiempo, fue la respuesta.
-Bueno no se necesita ser muy listo para saber qué tiempo es esa secuencia de sucesos que se van estableciendo a través del pasado, el presente y el futuro.
-Y tú, preguntó el tiempo, en que secuencia estás.
-Bueno, supongo que en el presente.
-Entonces sabes que este es tu tiempo, y entonces no comprendo para que preguntas cuanto tiempo te queda, pues ya has superado el pasado y el futuro está  por venir.
-Exactamente, ese es el tiempo que quiero conocer. Saber su duración, su calidad.
-Pues entonces deberás buscar dentro de ti, pues yo también soy tiempo en éste momento y no solo tuyo sino de millones de personas que aquí conviven.
-Olvídate de los otros y concéntrate solo en mí. Tampoco te resultará tan difícil.
-Y tú quién eres para que yo tenga contigo esa deferencia, que te hace diferente para pretender tal cosa.
-Nada, pero el hecho de haberte encontrado me da cierta ventaja sobre el resto y solo quiero anticiparme a posibles contingencias que podría evitar, ser algo así como Dorian Gray.
-Ese hombre nunca existió solo vivió en la imaginación de Oscar Wilde; es tan falso como yo.
-Como que tú eres falso?
-En efecto soy solo un artilugio de los hombres en su afán de dominio. Imagínate que mientras tú vives el tiempo del año 2013, los chinos viven en el 4711, y los hebreos en el 5774 todos simultáneamente.
Como comprenderás, también yo soy una mentira, y por lo tanto estás soñando, divagando, el tiempo no existe y la vida, esa que quieres controlar dominando “el tiempo” es tan solo un grito entre dos silencios.
*)Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.
 Su unidad en el Sistema Internacional es el segundo.



viernes, 21 de septiembre de 2012

Primaveras


¿Qué edad tengo?, preguntas.
Te sacaré de dudas.
Tengo la edad de cuando era virgen y buscaba la forma de ahorrar dinero para ir con una puta que me enseñase algo de lo mucho que imaginaba.
Tengo la edad del asombro ante el hecho de que los pezones de una mujer se tornen duros de repente.
Tengo la edad de cuando se está seguro de que en todas las partes del mundo viven, piensan y sufren o ríen como yo.
Tengo la edad del egocentrismo altruista.

Tengo la edad de mentir y que se me note, y también  de la risa cómplice entonces. Tengo esa edad buena en la que todo está a punto de suceder: el hoy es un segundo que tiembla inseguro, el pasado no ha existido y el mañana no es sólo todo lo que queda, sino que también es lo único que llena el pensamiento.

Mi edad es la de quien sonríe sin saber por qué, pero que se sabe feliz: sí, la del
tonto, si quieres verlo así.
Y es que tengo la edad que tenía cuando me enamoraba en cada esquina.
En serio, tengo la edad de las primaveras y de  los veranos que no se acaban,  de las fiestas que están a punto de empezar, de las palabras vacías pero llenas de promesas, de las miradas de miedo inseguro y gesto altanero.

Tengo la edad que tú pretendas y la facilidad de mutar de tal manera que nadie advierta que me faltan años o me sobra experiencia.

Tengo la edad de los cielos vistos, de las palabras dichas y de los silencios necesarios.

Tengo esa edad que nunca termina y que siempre está amando. *



                   

Gracias:www.youtube/user/edgarivanrivero
*Adaptación del relato anónimo 
“Edad” extraído de escolar.com

martes, 17 de abril de 2012

La víspera de ese día.

Foto de Luz A.Villa- Wikimedia.

Isaúl Arguellar era lo que se conoce comúnmente como "un tipo supersticioso" y como tal utilizaba todos los ritos y talismanes necesarios para que su vida transcurriera de la forma más normal posible y sin sobresaltos.
Ruda macho, patas de conejo, herraduras de la suerte, ajíes colorados colorados, manitos haciendo cuernos, tréboles de cuatro hojas, etc. eran artículos que se encontraban en su casa como se encuentra un jugo de frutas o un yogurt en la heladera.
Isaúl no embarcaba ni menos se hubiera casado (cruz diablo) en algún día martes,esquivaba a los gatos negros, y jamás osaría pasar debajo de una escalera. Minga. ¡¡y los viernes 13 eran para él algo terrorífico, al punto que siempre encontraba alguna excusa para no salir de su casa durante toda la jornada.
Pero ocurrió algo fuera de lo común en el lugar donde Isaúl vivía. Un fenómeno climático tipo tornado se abatió sobre la zona en la cual tenía su casa, y volaron techos, árboles, se cortó el suministro de agua y luz, cayeron muchos milímetros de agua, sopló viento huracanado  y todo fue durante varias, horas un caos.
Pero como siempre que llovió, paró, esto ocurrió y sobrevino la calma.
Isaúl como tantos otros ciudadanos del siglo XXI al no tener energía eléctrica a disposición se sentía el hombre más inútil del planeta. Por efecto de la tormenta  no recordaba si hoy era, miércoles, o jueves, o tal vez viernes y como odiaba los celulares y relojes de pulsera, no podía recurrir a los únicos elementos técnicos que funcionan aunque no haya corriente eléctrica, para informarse.
Pensó.
Ayer visité a mi hermana, y siempre voy los miércoles, así que hoy es jueves doce de abril, o jueves 13, no sé.
Bueno para el caso no importa; ahora que amainó el temporal voy al restaurant de Pepe, que tiene grupo electrógeno, buena cocina y es barato y me como una milanesa con fritas, o una completa, con dos huevos fritos.
Isaúl salió a la calle  apenas iluminada por la luz de la luna llena. Caminó dos cuadras y fue entonces que vio al gato negro que, sentado sobre el círculo que formaba con su cola lo observaba.
Quiso eludirlo retrocediendo, cuando advirtió que un vecino subido a una escalera  sobre la acera, trataba  de cerrar una ventana que golpeteaba con el viento.

Sin pensarlo, giró y cruzó la calle.
El colectivo de la línea 35, vacío y rápido a esa hora de la noche fue solo una sombra gigantesca que lo envolvió en un abrazo mortal.
El diario del lugar tituló: Viernes 13 -Agencia: Un hombre murió atropellado en los primeros minutos de la madrugada de hoy, por el interno 230  de la línea 35 cuando intentaba cruzar la calzada a la altura del 666 de la calle Guernica.
El hombre que aún no fue identificado solo portaba en sus bolsillos un llavero con un trébol de la suerte, dos llaves y unos pocos pesos en sus bolsillos.-
Dicen, y parece verdad que “nadie muere en la víspera”.
Solo cuando es el tiempo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Tiempo de soledad.

Cuando a Juan le enseñaron a leer la esfera del reloj, creyó haber crecido de manera vertiginosa al punto tal de pensar que ahora que sabía la hora, podía manejarla él y no los adultos que le indicaban; Juan a dormir que es tarde, Juan levantate que tenés que ir al colegio, Juan vamos que es hora de comer, Juan, apurate que a las cinco tenemos que ir al dentista.
Juan pensaba que esto sucedía porque él no sabía leer la hora y por lo tanto los adultos tenían la facultad de manejarla a su antojo.
Pero no, todo esto terminó, a partir de ahora el manejaría su tiempo como corresponde a cada quien que sabe cuando le apetece comer, cuando dormir, cuando holgazanear, cuando jugar al fútbol, cuando mirar la tele.
No le sirvió para nada a Juan este aprendizaje de niño, pues el tiempo inexorablemente pasó  y al igual que todos los humanos comenzó a incubar una obsesión y la suya fue............. coleccionar relojes.


Comenzó cuando una tía le regaló un reloj pulsera, redondo con una especie de cielo oscuro en el centro y forma de plato volador "Lanco, disco volante" decía la publicidad.
No tenía números solo unas rayitas bronceadas (de bronce, no por el sol) con una pulsera que lo sujetaba a su muñeca izquierda de color azul, algo raro pues la mayoría de los relojes traían  pulseras marrones, negras, o bien metálicas que se estiraban de acuerdo al tamaño de la muñeca del usuario.
Después adquirió un Cítizen, rectangular con pulsera de acero inoxidable. 
Este a diferencia del Lanco en el centro tenía como una especie de mapa antiguo del mundo y cuando recibía la luz según el ángulo, cambiaba el color.
Si se habrá lucido Juan con este reloj. Ya por aquel tiempo trabajaba como vendedor  en una zapatería del centro, y cuando le tocaba escribir alguna cosa lo hacía extendiendo bien adelante su brazo izquierdo para lucir su Citizen reluciente; que alguien le dijera, "Que hermoso reloj¡," era motivo suficiente para que Juan se olvidara que vendía zapatos y comenzara a hablar de las bondades de esa máquina que desde su muñeca izquierda le permitía con solo una rápida mirada anticipar el futuro inmediato.

Dentro de treinta minutos cerramos, a la una almuerzo, a las dos y media juego billar con los muchachos, a las cuatro vuelvo a la zapatería hasta las ocho, luego la cena y después paso a saludar a Sofía. Todo perfectamente cronometrado y controlado gracias a ese pequeño aparatito que no molestaba para nada, y que  solo pedía ser acariciado cada mañana con los dedos pulgar e índice para "darle cuerda" para que su corazón metálico siguiera el ritmo de 60 tic.tac cada minuto.
Después de aquellos dos relojes iniciales, siguieron otros, que a medida que mejoraba la tecnología fueron incorporando otras funciones: sumergibles, contra golpes, luminosos, con control de tiempo hacia adelante y hacia atrás, con control del ritmo cardíaco, con alarmas de diversos tipos, calendario, esfera luminosa, con pilas, sin pilas, con carga solar. Y Juan los compró todos...
Pero no solo los de muñeca, también llenó su casa de relojes de mesa, de pared, de pié, colocó uno solar en el patio de su casa, y en cada ambiente siempre, pero siempre se podía escuchar un coro de voces metálicas, con algún que otro cucú sobresaliendo con chillona estridencia sobre los demás.

Cuando se puso de novio con Sofía,  la que sería luego su mujer, fue Luis Miguel cantando “El reloj” quien convirtió el tema en la canción inolvidable de ambos.
La bailaban apretaditos, mientras él por sobre el hombro de su compañera miraba su flamante
” Bulova Accutron” que brillaba como una estrella encandilándolo casi embriagándolo más que aquella atmósfera de romanticismo, música suave y esa fragancia fresca cítrica que distinguía a su novia.
Nació luego Sebastián el hijo de ambos, y fue el "Mono Relojero" el primer juguete que Juan acercó a sus pequeñas manos. Su biblioteca se nutrió de títulos tales como,: A la hora señalada, y luego la versión más actualizada “El tren de las 3.10 a Yuma”, El caso del reloj enterrado, El ermitaño del reloj, Los ojos del reloj, El juego de las horas, Tiempo de Revancha y tantos otros donde la palabra reloj, tiempo, hora, siempre estaba presente.
Pero el sueño de Juan era tener “el reloj”, el de la cruz de calatrava, ese que usan los magnates, banqueros y políticos y dentro de esa marca un modelo cuyo costo rondaba los diez mil euros, numerado y con certificado de autenticidad personalizado.
Un reloj único para un tipo único.
Cuando pudo reunir esa suma, Juan no tuvo con quien compartir la alegría de tener “el reloj”.  Sofía  hacía años que se había alejado de su vida. Lo dejó por el hijo del farmacéutico de la vuelta y ambos se habían ido al sur. El nuevo amor de su ex mujer era más joven y con mayor predisposición para estar junto a ella, que la demostrada por Juan que prefería estar entre sus relojes. Sebastián había recibido una beca y estudiaba en el exterior; tenían muy poca comunicación.
Juan sintió al abrir el estuche donde reposaba el preciado reloj, que algo húmedo se escapaba lentamente de sus ojos y resbalaba por sus mejillas. Eran lágrimas, pero no de alegría sino de soledad.

Los 176 relojes que había acumulado a lo largo del tiempo, también parecían haberse puesto de acuerdo para torturarlo. Ya no estaban sincronizados como cuando tenía cinco o seis.
Ahora daban el top, unos antes, otros después, algunos estaban totalmente silenciosos y Juan se empezó a cuestionar la utilidad de los relojes en relación a la vida y el tiempo. Aquí eran las ocho de la mañana, pero en Japón las ocho de la noche, en Canadá podrían haber entre una y cuatro horas de diferencia, y en Australia eran trece horas más.
Y allí se dio cuenta que tratar de dominar al tiempo, esa figura intangible que permite ordenar los sucesos en secuencias, era solo una quimera pero con un resultado cierto, una agobiante sensación de haber perdido tanto tiempo en el empeño, y sentir que 24 horas en soledad es mucho, muchísimo tiempo..


                Gracias:http://www.youtube.com/user/saitanlua


Una Joyita extra:

Yo había dado por terminado este post, cuando recordé un cuento breve del gran escritor Julio Cortázar relacionado con los relojes y pensé, sin que esto pueda tomarse como una irreverencia, incluirlo como cierre de las vicisitudes de Juan.

Lo tituló "Instrucciones para dar cuerda al reloj" y es éste:

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj  te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. 
Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.

Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. 

Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (Julio Cortázar)