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domingo, 30 de septiembre de 2018

Cara de goma.


Hay personas que hablan de manera apresurada, otras pausadas, algunas como si escupieran las palabras, no por mal hablados sino por atropellados, y otros que utilizan las manos y principalmente el rostro para reafirmar cualquier cosa que estén diciendo,

Ese era “cara de goma” cuyo nombre en realidad era Juan Domingo porque su padre cuando de Italia se afincó en la Argentina, miró a su alrededor buscando una figura que lo conmoviera tanto como su amado Benito Mussolini, y lo más parecido que encontró fue el por entonces coronel Juan Domingo Perón del cual había oído hablar a unos “paesanos” en Unione e Benevolenza; de allí el nombre de pila del  protagonista de esta historia.

Cara de goma, ya de grande también peronista e hincha de River (cosa rara entre tanos)  era un tipo elegante y bien educado, las chicas del barrio decían que se parecía a Jack  Lemom un actor de Hollywood de los años 60 pero todo el mundo lo llamaba cara de goma al no haber como ahora Instituto contra todas las mañas que tenemos los humanos, al que mucha pelota no le dan porque Hebe de Bonafini, la Porota, Luis D´’Elia, este que se disfraza de milico Santiago Cúneo, Milagro Sala, y tantos otros dicen lo que se le venga en gana y el Inadi bien gracias.

Cara de goma no solo mascaba las palabras, las saboreaba, las adornaba con gestos faciales varios y muchas veces las coronaba con una franca sonrisa. Era un tipo simpático de verdad.
En el barrio había una peluquera de la cual gustaba Juan Domingo y como corresponde ella también se parecía a una artista de cine, en este caso, argentina conocida como Fanny Navarro.

Pareciera ser que en la vida de toda incipiente pareja, aparece como atraído por un raro imán un tercero en discordia, que en este caso incluso no pertenecía a la raza humana y que sin embargo se interpuso entre la vida de Juan Domingo y Elba.
Era de tamaño mediano con plumas verdes y amarillentas, pico curvo fuerte, y todos en el barrio sabían que era Pito el loro del viejo Pancho.

Elba sabía que a su pretendiente le llamaban Cara de Goma y le molestaba mucho, tanto que siempre le llamaba por sus dos nombres para que no quedaran dudas, cosa que a Pito el loro, le importaba un pito, y cuando pasaban ambos el loro desde el cerco que miraba a la calle saludaba ceremonioso: Adiós cara de goma, prrr , y así día tras día.

Juan Domingo optó por no pasar más por allí cuando acompañaba a Elba. Pero si lo hacía cuando venía solo pues le ahorraba camino y allí siempre estaba Pito con su saludo.
La casa del viejo Pancho, dueño de Pito, estaba enclavada en una loma que descendía hacia el rio, y esa pendiente le dio una idea a Cara de Goma que en lugar de bajar la cuesta, la subió y así pudo ver que Pito dormitaba tranquilo sin pensar lo que le vendría a continuación y antes que el loro se diera cuenta Juan Domingo lo había encerrado en una caja de zapatos, le puso un hilo sisal  bien atado, le hizo un pequeño agujerito para que respirara lo puso en el suelo y de la primer patada la caja con el loro adentro voló quince metros.

Juan sin apuro llegó nuevamente hasta la altura de la caja y le sacudió otro viandazo, y así dos o tres más hasta que la caja se desarmo y Pito tambaleante, mareado por los tumbos dentro de la caja, vio a su carcelero y le preguntó: Cara de goma, donde estuviste con el terremoto que se vino. Te salvaste. Y como pudo se alejó bien rápido.

Este recuerdo de Juan, tal vez se deba a que me pareció verlo sonreír detrás de la imagen de Fantino despotricando contra Boca por la derrota ante River y la inmediata ante Gimnasia.
Claro él dejó este mundo antes que los de Núñez se fueran a la B.
Igual era un buen tipo, y así lo recuerdo..



La imagen es gentileza
de Pinterest

miércoles, 4 de julio de 2018

Parábola.


El primer rayo del sol de la mañana se filtró por un resquicio de la puerta, y casi de manera intencional se proyectó justo sobre el párpado izquierdo del hombre que aun medio dormido, se movió inquieto en el lecho.
Pero en realidad no fue ese haz de luz el que le incomodó; notó que una parte de su cuerpo se mostraba diferente a otros cientos de despertares en el mismo lugar; parecía que quería tomar el control de la situación y convertirse en exclusivo protagonista.

Pensó que el recuerdo de esa amiga a la cual dejó sin despedirse y que recordó en sueños esa noche, sería la causante de esa molestia pues en verdad no había dormido bien.

O tal vez la responsabilidad que debía afrontar en minutos más que también perturbaba sus pensamientos.
Un poco de agua fría me servirá para espabilarme se dijo y decidido avanzó hasta el lavatorio a un costado del pequeño cuarto.

El agua más que fría, helada,  le hizo amoratar el rostro, pero la parte rebelde seguía casi igual que al principio, apenas había retrocedido un poco, como exigiendo otro tipo de tratamiento  para volver a la normalidad.

Porqué tiene que pasarme esto a mí, justo hoy, porqué Dios Santo.
Como buen hombre de fe se arrodilló e  hizo un acto de contrición, justo cuando tres golpes en la puerta lo alertaron:
Padre, en diez minutos tiene que oficiar misa.

Miró hacia abajo de su cintura, el miembro rebelde aun continuaba con su protesta, como diciéndole “te recuerdo únicamente, que eres un simple hombre” y que bien puedo manejar tus pensamientos.

Los atuendos ornamentales para la misa, disimularon su perturbación, y camino al púlpito decidió cambiar el sermón sobre las relaciones pre matrimoniales y el aborto para enfocarse de lleno en la parábola del buen pastor.



domingo, 16 de octubre de 2016

Un lindo motivo.


Me preguntaba, y preguntaba, por qué tanta dirigencia argentina viaja continuamente al Vaticano y un amigo me dice: El Papa es argentino y limpito, peronista e hincha de San Lorenzo, te parece poco?
La verdad que no me satisfizo su respuesta, pero creo que en este relato hay una que se acerca más a la realidad: 
“En el siglo V, del mismo modo como hoy en día, el sol salía todas las mañanas y se ocultaba todas las tardes. Cuando sus primeros rayos besaban las plantas cubiertas de rocío la tierra revivía, el aire se llenaba de regocijo y de esperanza; de noche esta misma tierra enmudecía y se hundía en la oscuridad.
 Los días y las noches se parecían los unos a los otros. De vez en cuando en el cielo aparecían nubes y retumbaban furiosos truenos, o alguno de los monjes volvía al convento, contando a la cofradía que había visto un tigre en las cercanías de aquel. Los monjes trabajaban y rezaban, mientras su viejo prior tocaba el órgano, hacía versos en latín y componía obras musicales. Este maravilloso anciano poseía un don poco común: tocaba el órgano con tal arte y maestría que llegaba a hacer llorar hasta a los monjes más viejos y medio sordos por la edad. Aun hablando de cosas vulgares, por ejemplo, de los animales o de los árboles, solía conmover a sus oyentes. Cuando se enojaba o se alegraba, cuando hablaba acerca de algo horrible o sublime, todo su ser se transformaba bajo la influencia de una fuerte emoción, sus ojos se llenaban de lágrimas, su rostro se encendía, su voz vibraba.
En semejantes momentos el poder que ejercía el prior sobre sus monjes era infinito: si les hubiera ordenado que se arrojasen al mar, hubieran cumplido su voluntad sin vacilar un solo momento. Pasaban decenas de años y ni un alma humana aparecía en los alrededores del monasterio, separado del resto del mundo por un desierto, casi imposible de atravesar. Cuál no sería el asombro de los monjes al oír una noche llamar a la puerta del convento. Al abrirla se vieron en presencia de un hombre, un vulgar pecador, amante de la vida. Les explicó que había ido a cazar, bebió en demasía y se perdió. Antes de pedir la bendición al prior, el forastero reclamó vino y comida. Una vez satisfecho de su hambre y sed echó a los monjes una mirada impregnada de amargura y de sorna y les dijo: —Según parece, ustedes se pasan la vida sin hacer nada, comiendo y bebiendo.
¿Acaso es este el modo de salvar el alma? Mientras ustedes viven aquí en plena tranquilidad, soñando con la salvación de sus almas, sus prójimos se debaten y luchan en medio de la depravación y van al infierno. Fíjense en lo que pasa en los grandes centros de población: unos mueren de hambre, mientras que otros, poseedores de excesivas riquezas, se hunden en la perversión y perecen. Ninguno de ellos conoce la fe ni la verdad. ¿Quiénes son los que necesitan salvar sus almas y recordar el indispensable nombre de Dios? ¿Por ventura nuestro Señor depositó en ustedes su misericordia y les dio la fe para que lleven la vida holgada sin preocuparse de la salvación de la humanidad? Las palabras impertinentes y agresivas del ebrio ejercieron una gran influencia sobre el ánimo del prior. Al oírlas este palideció y se dirigió a los monjes, diciéndoles: —Hermanos, el hombre tiene razón. Es cierto que mientras la infeliz humanidad, debido a su ignorancia y su debilidad, perece en la depravación presa de todos los pecados y del ateísmo, nosotros no nos interesamos en ella. Deberíamos acudir a su ayuda y hacerle recordar la santa palabra de Dios, olvidada desde hace mucho.

Lleno de entusiasmo, el anciano tomo su báculo, se despidió de la cofradía y se encaminó a la ciudad. Pasó un mes, luego otro y el santo padre no volvía. Por fin, trascurrido el tercer mes después de la partida del prior, los monjes oyeron los golpes familiares de su báculo. Apresuráronse a recibirlo y lo acosaron a preguntas. Pero, por toda respuesta, el anciano rompió a llorar. Los monjes lo acompañaron en su llanto, aunque sin saber su causa. Notaron que su prior había adelgazado y envejecido mucho y que su rostro reflejaba honda pena.
Preguntáronle la causa de su pesar y congoja pero el anciano se encerró en su celda, sin contestarles nada. Pasó siete días sin comer ni beber, llorando continuamente y dejando sin respuesta todos los ruegos de los monjes. Por fin salió de su voluntario encierro y, rodeado en el acto por la cofradía, empezó a narrar lo que había sucedido durante su larga ausencia.
Mientras describía su viaje desde el convento hasta la ciudad, su voz era serena y sus ojos sonrientes. Por el camino, decía, escuchaba las canciones de los pájaros y el gorjeo de los arroyos, que llenaban su alma de dulce esperanza y de regocijo. Se sentía héroe, semejante a un guerrero que va al combate, confiado y seguro de la victoria; caminando componía versos y se entregaba a los sueños y de esta suerte, sin darse cuenta, llegó al término de su viaje. Cuando el anciano empezó a hablar de la ciudad y de sus habitantes, sus ojos se encendieron de ira y su voz se endureció. En su vida había visto nada semejante y ni siquiera podía imaginarse que existiera…

Solo ahora había comprendido toda la omnipotencia del diablo, toda la infinita hermosura del mal y toda la debilidad y la miseria de los hombres… Dio la casualidad que la primera casa en que penetró el prior al llegar a la ciudad, fue un antro de alegría. Unos cuantos hombres, ricamente ataviados, comían y bebían vino. Todos estaban ebrios y cantaban y gritaban a voz en cuello palabras soeces y repugnantes. Libres, fuertes, felices, no temían a Dios ni al diablo, ni a la muerte; estimulados por la voluptuosidad y la gula, hacían y decían lo que les daba la gana.
El vino cristalino y chispeante de oro era, sin duda, muy atrayente, pues el que lo bebía sonreía con beatitud y pedía más. El líquido de color de ámbar respondía a las sonrisas de los hombres, echando alegres chispas, como si conociera el poder diabólico que ejercía sobre ellos. Presa de la más viva indignación y llorando de ira, el anciano seguía describiendo lo que había visto en aquella casa. 
Sobre la mesa,decía, estaba de pie una mujer semi desnuda, de una hermosura perfecta.
Esa cortesana joven, de cabellera rubia, ojos negros y labios rojos y voluptuosos, privada de pudor y de decoro, enseñaba su bello cuerpo que parecía esculpido en mármol, y delirante de amor, sonreía mostrando sus dientes de perla, como si quisiera decir: «mirad qué hermosa y desvergonzada soy».
La seda y el tul envolvían en graciosos pliegues sus hombros de alabastro, pero la corruptible belleza se resistía a quedar oculta y trataba de salir de entre los tejidos… 
La mujer bebía vino, cantaba, reía a carcajadas y se entregaba al primero que la solicitaba. Alzando los brazos al aire y lleno de indignación, el prior describió luego las carreras de caballos, las corridas de toros, los teatros, los estudios de los artistas que pintan y esculpen mujeres desnudas… Hablaba con entusiasmo y elocuencia y, los monjes, extasiados, lo escuchaban con sumo interés. 
Después de haber descripto todas las seducciones de que era capaz el diablo, la hermosura del mal y la atrayente gracia del detestable y repugnante cuerpo de mujer, el anciano echó su maldición a todo aquello y volvió a encerrarse en su celda…

Cuando salió de esta al día siguiente, no encontró ni un solo monje en el convento: todos habían huido a la ciudad.
Del cuento de Anton Chejov “Un lindo sermón”





miércoles, 12 de octubre de 2016

Martín Gallinero y otros personajes.


En cada pueblo hay individuos por todos conocidos que tienen una personalidad que los diferencia del resto, y en el pueblo de una provincia del sur de Argentina donde tienen lugar los hechos que narro, no era una excepción.
Recuerdo que en el lugar donde crecí había varios de estos personajes que a pesar del transcurrir de los años siguen presentes en mi recuerdo como formando una parte importante de los mismos, porque fueron de alguna medida los primeros representantes de un mundo irreal que yo por ser un niño desconocía.

En esa galería de estereotipos estaba por ejemplo Justo; se decía de él que había sido un marino destacado de alto rango, que había caído en desgracia después de un desengaño amoroso que jamás pudo superar.
Justo hablaba muy bajito y cuando lo hacía no abundaba en palabras, es más, no recuerdo haberle escuchado hablar más allá de monosílabos o palabras cortas que no le significaran mucho esfuerzo.
Por haber sido marino, no le tenía mucho afecto al agua, y se mantenía bastante lejos de ella, por lo cual en su negra gorra de vasco que portaba día y noche, el negro brillaba por falta de jabón, situación ésta que obviamente se trasladaba a la humanidad de Justo.
En el barrio Justo hacía los mandados para casi todo el vecindario, principalmente se lo llamaba para buscar  kerosene para el bran metal o las lámparas de tubo, pues la corriente (monofásica de 110 ws) se cortaba seguido y solo funcionaba hasta las diez de la noche.
En el colegio nos hablaron un día de Justo José de Urquiza, y cuando me crucé con Justo se me ocurrió decirle: Justo José de Urquiza, el hombre que venció al tirano Rosas;  Justo me miró en silencio, y confieso que tuve un poco de miedo, pero su rostro se relajó y esbozó una sonrisa que nunca le había visto; no quise abusar de ello, y me alejé rápido pero contento de haber visto a Justo sonreír, al menos una vez.
Justo vivía en un ranchito bajo y estrecho, cerca de unos tamariscos en un terreno baldío jamás pidió nada, ni se quedó nunca con nada que no fuera suyo. En silencio andaba por la vida y en silencio se marchó; nunca supe que rumbo tomó. El rancho quedó vacío y una topadora, unos años después lo borró completamente del lugar.

En el barrio, todos éramos propensos a poner sobrenombres a los vecinos. La Chacha por ejemplo era una señora que se peinaba como el personaje de la historieta, y fumaba en una pipa tipo Popeye, se paraba por las tardes en la puerta de su casa con una botellita con ½ de tinto a la cual besaba con cariño, mientras miraba pasar la vida.
La Chacha, tenía una inquilina a la cual le llamábamos “Baciniya con diarrea” por unas manchas en su cara, que no había make up que las cubriera.
Unos metros más allá, vivía “Alambre con pelos” llamada así por ser muy flaquita y tener una abundante cabellera.
Luego estaba “Bastonazo”, un policía retirado, que cuando molestábamos jugando al futbol o a los cowboys en el campito vecino, nos amenazaba con sobarnos el lomo con su bastón.
“Limpieza”, era una señora gorda que tenía varios hijos y como Justo, le escapaba al agua y al jabón. Su marido al igual que Bastonazo era un sargento de policía muy recto, que luego se separó de esta mujer, tal vez  desgastado por el esfuerzo de tratar que exesposa  fuera un poco más predispuesta a la higiene personal.
Vecinos de doña Limpieza eran el “Gato Negro” un hombre de campo que se dedicaba al arreo de ganado  y vestía siempre de negro quien vivía con su esposa a la que todos conocíamos como “pan con grasa” dado el volumen de su trasero.
Gato Negro  un hombre moreno, delgado, y de pocas palabras, solía estar mucho tiempo fuera de su hogar, y decían las comadres que otros gatos andaban por su techo  y de allí se explicaba porque una de su cuatro hijas era tan rubiecita.
Algo parecido le sucedió a “Cortocircuito” el electricista que vivió un tiempo en el barrio y que tenía un hijo pelirrojo y bien pecoso, y siendo él morocho, explicaba que su hijo había salido así porque su señora consumía mucha zanahoria.

Y por último Martín, tal vez el único “casi malo” de esta galería de personajes; nunca supe al igual que el caso de Justo cuál era su apellido pues todos le llamaban Martín Gallinero por el gusto que tenía por visitar gallineros que por aquel entonces abundaban en el barrio; dicen que Martín pescaba a las gallinas colocando una lombriz en la punta de un hilo de albañil debidamente preparado para atorar a la gallina, y cuando esta agarraba la lombriz, Martín la levantaba en peso por sobre el alambrado como si escapara volando.
Al observar el gallinero y no ver por ningún lado plumas ni restos de huesos, el dueño del corral se preguntaba cómo podía desaparecer así un ave que entre sus habilidades no figuraba la de volar.

A unas cuantas cuadras de allí, en el aire flotaba un aroma de caldo de gallina, mientras Martín sentado frente a la estrebe que contenía una olla negra por el hollín, silbaba mientras pelaba una papa para agregar a lo que era su debilidad: un pucherito de gallina, que habiendo sido gratis resultaba más exquisito.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Manuela (parte final)

El viejo hizo un paréntesis como disfrutando el clima que se había creado a partir de su relato y lo alargó para servirse un mate, algo que hizo con mucha parsimonia sabiendo que todos estaban allí pendientes de sus palabras y que por lo tanto los tiempos los manejaba él.
Y abuelo? demandó uno de los presentes con urgencia.
-Me acuerdo siempre de aquella experiencia, dijo el anciano, creo que yo hice lo mejor que pude si tomamos en cuenta mi inexperiencia en esos asuntos; mal no me debe haber ido porque la señora me alentaba, dale, dale que vas bien, y entre ese dale y alguna especie de gritito que largaba de tanto en tanto, le quedaba tiempo para mordisquear una manzana, que al entrar vi sobre su mesa de luz.

-Uno de los nietos pregunta: así que vos, le dabas y dabas y ella comía manzana.
Y tal vez tenía apetito, el suyo era un trabajo de horarios muy extensos. El asunto fue que luego del debut, los mayores me decían: Ahora que le viste la cara a la cachufla pará con la manuela, vas a ver como se te desaparecen los granitos de la cara y no te crece más pelo en las palmas.
-Y eso ?
Eso era una broma que nos hacían los mayores diciéndonos que si te entusiasmabas con la manuela te crecían pelos en las palmas de las manos. Lógicamente era mentira, de haber sido cierto, dijo el abuelo, yo tendría las manos como la espalda de un gorila.
Y alguna novia de aquellos años abuelo.,
-Novia, novia no, pero tuve algo con la Chela, bueno su nombre era Marcela, era alta, delgada pero tenía unos senos  demasiado grandes, para los años que tenía.
El asunto que más recuerdo de mi relación con la Chela, fue en un baile en el pueblo, justo el día de la lealtad. Nos habían regalado unos prendedores del escudo peronista y yo lo había colocado en la solapa de un saco azul de tela gruesa.
Las mujeres del barrio decían que las tetas de la Chela no eran tanto como parecían, Y tenían razón las chusmas, en ese baile, en una de la piruetas que hacíamos más por broma que por el baile en sí, atraje a la Chela y apoyé mi solapa con escudo peronista incluido en uno de sus senos que al rosar con el escudo que no estaba bien abrochado y mostraba su filosa punta de alfiler de gancho, produjo una especie de gemido y se le desinfló una teta a la Chela, que en verdad no las tenía tan grandes y para compensar el espacio faltante se ponía esos globos de  agua  que se usaban en carnavales con un poco de algodón. Dijo, disculpame y desapareció; nunca más la vi, luego me contaron que se fue a vivir con unos parientes al norte y nada más supe de ella.

Una vez, yo trabajaba en un reparto de leche y me habían encomendado cobrarle a una mujer cuyo marido trabajaba varios meses en un campo y se había atrasado con los pagos.
Al reclamarle el importe, la señora me dijo que esperara al otro mes. Al mes siguiente se repite la historia y nuevamente al reclamar el pago la señora me dice: Lechero, no tengo plata, mi marido no regresa hasta el mes que viene, pero si Ud. quiere puede cobrarse de aquí dijo rápido mientras se levantaba la falda y mostraba sus blancas piernas justo, justo hasta allí.
Y vos que hiciste abuelo ?
-Tratando de no caer en la tentación le dije: No señora, no tengo cambio, dejé la leche y me fui. Con el trabajo no se jode.
Y volviste a la manuela.
Esa nunca se separó de mí. Y fíjense Uds. que ahora me están dando la razón.
El otro día pasamos por una calle y en una columna de la luz había una publicidad que decía: Dale con la izquierda; ese mismo día por la tarde estaba la televisión prendida y un programa unas mujeres cantaban “hágalo Ud., misma, con sus propias manos” además los médicos dicen que hace bien a la próstata.
El abuelo dijo que se sentía cansado, ayudado por su bastón se alejó dando por terminada la sesión de recuerdos juveniles.,

Fin del relato. Claro que como en todos los órdenes de la vida, en la variación está el gusto y aquí va una muestra muy bien elaborada por la gente de “Con pelos en la lengua” 

                                                                                                                                                                                                                                                             
Gracia s :www.youtube.com/user/conpelosenlalenguaTV.
Ilustración gentileza de Paolo Tassotti -Huck Finn

lunes, 18 de noviembre de 2013

Manuela (la paja en el ojo ajeno)

Foto fao.org
Fue un mediodía de  domingo luego de un asado regado con buen vino y de un truco por parejas que demoró la siesta casi hasta juntarla con el mate del atardecer.
Los hombres de la familia disfrutaban ese momento exclusivamente varonil dado que las mujeres y los chicos se habían alejado del grupo que siempre en estas ocasiones caía en conversaciones que no eran apropiadas ni para ellas ni para los pibes.
Y así sucedió.

Alguien, refiriéndose a un tercero dijo " ese es un  pajero" y el abuelo viejo, que estrenaba audífono nuevo para sus oídos de casi 90, copó la referencia y dijo como dándose por aludido:
-Pajero, yo che.
-Cómo abuelo? pregunto uno de sus nietos.
-Yo he ganado hasta concurso de pajas.
-Cómo es eso, explíquelo por favor, dijo el mayor.
-Claro, antes no había tanta diversión como ahora. Tampoco tanta información y entonces nosotros además de jugar a la pelota, a las bolitas, con las figuritas,  con el aro, y otras cosas de la época, hacíamos concursos de pajas.
-¿?.......
-Nos juntábamos  cuatro o cinco amigos, fijábamos un límite  y ganaba el que mandaba más lejos el resultado de la manuela. Yo fui campeón varias veces hasta que llegó al barrio el petiso Mariano.
Que lo parió, era cortito como viraje de laucha, pero bien calzado. Le empezamos a llamar gorrión porqué terminaba enseguida, se ponía colorado como morrón y lanzaba una especie de bufido mientras manipulaba su aparato, que nos distraía a nosotros y entonces nos ganaba.
Pero le duró poco. Se enganchó con la Blanca a la que le decíamos ventosa, porque cuando te agarraba no te largaba más, y se ve que  esta lo exprimió: Ya no era el mismo y evitó participar en nuevas competencias.
El ocasional auditorio  miraba con asombro al abuelo, al que siempre habían conocido grande y éste a su vez,  como viejo zorro notaba el interés que su confesión había despertado.
-Uno de los nietos preguntó: Y con las mujeres, que pasaba con las minas? No existían, no les daban bolilla, no fueron en busca de ellas en algún momento ?
-Claro respondió el viejo, hablábamos de pajas, no de mujeres .Ellas son otra cuestión, merecen ser tratadas con respeto. Claro que las mujeres eran motivo de preocupación diaria por nuestra parte.
Una vez un tío (yo tenía un poco más de 16) me llevó a un firulo; casa de salud le decían, a que conociera como eran las mujeres, digamos por dentro. Mi tío habló con una que debía andar por los 30 y pico; linda; me recibió con una sonrisa y me dijo: tranquilo pibe, ya vas a ver qué  bien que la vas a pasar. Me abrazó dulcemente y me empujó hacia una habitación que tenía una cama grande, como nunca había yo visto antes.
No llevaba mucha ropa y en menos que canta un gallo estaba en pelotas diciéndome: No te quedes mirando como un pasmado, sacate todas las pilchas,  metete en la cama conmigo que te voy a mostrar uno de los tres placeres de la vida.
Me trató de una manera que yo desconocía en las mujeres. Casi con dulzura, me hizo acostar a su lado y su mano comenzó a recorrerme despacito hasta llegar allí donde solo mi mano había andado.
Eso me hizo estremecer. 
Me recorrió una especie de corriente eléctrica por todo el cuerpo y noté que esa parte parecía actuar por su cuenta, comenzó a ponerse rígida algo que a la dama le pareció importante pues me dijo:  Bravo, vamos bien pibe.

Continuará.


Gracias www.youtube.com/user/izabela

lunes, 30 de septiembre de 2013

La chica vestida de blanco.

De pronto Martin se incorporó (movido evidentemente por algún sensor secreto) y miró fijamente hacia el solitario camino del parque. Avanzaba hacia nosotros una chiquilla vestida de blanco. Ya a distancia, cuando aún no podían identificarse con seguridad ni las proporciones del cuerpo ni los rasgos de la cara, se notaba en ella un especial encanto, difícilmente discernible; una especie de pureza o de ternura.
A esto le llama Martin “registro”. Parte de sus ricas experiencias, que le hicieron llegar a la conclusión de que no es tan difícil seducir a una chica como, si tenemos unas elevadas exigencias cuantitativas en este sentido, conocer siempre a una cantidad suficiente de chicas a las que hasta ahora no hemos seducido.
Por eso afirma que es necesario siempre, en cualquier sitio y en cualquier situación, llevar a cabo un amplio registro, es decir apuntar, en un libro de notas o en la memoria, los nombres de las mujeres que han llamado nuestra atención y con las que alguna vez podríamos contactar.
El contacto ya es un nivel más elevado de actividad e implica que establecemos con determinada mujer una relación, que la conocemos, que logramos tener acceso a ella.
Si uno disfruta mirando hacia atrás para vanagloriarse, pone el acento en los nombres de las mujeres amadas; pero si mira hacia delante, hacia el futuro, debe preocuparse, sobre todo, de tener a suficientes mujeres registradas y contactadas.

Cuando la chiquilla estuvo ya bastante cerca de nosotros vimos que era muy joven, algo entre una niña y una jovencita, y aquello nos produjo de pronto un estado de absoluta excitación, de modo que Martin se levantó de un salto del banco:—Señorita, soy Milos Forman, director de cine; tiene que ayudarnos.
Extendió su mano y la chiquilla se la estrechó con una mirada infinitamente asombrada.
Martin hizo un movimiento con la cabeza señalándome a mí y dijo: Este es mi  cameraman. Ondricek , dándole la mano a la muchacha.
La chiquilla hizo una reverencia.
—Nos encontramos en una situación embarazosa. Estoy buscando exteriores para mi película; tenía que esperarnos aquí nuestro asistente, que conoce bien el sitio, pero el asistente no ha llegado, así que estamos ahora pensando cómo hacer para orientarnos en esta ciudad y en sus alrededores. Aquí el camarada cameraman no para de estudiarlo en este grueso libro alemán, pero ahí, desgraciadamente, no va a encontrar nada.
La alusión al libro que no había podido leer en toda la semana de pronto me irritó: Es una lástima que usted mismo no tenga mayor interés por este libro —ataqué a mi director—. Si durante la preparación de sus películas estudiase como corresponde y no dejase el estudio en manos de los cámaras, es posible que sus películas no fuesen tan superficiales y no hubiese en ellas tantas cosas absurdas... Perdone —me dirigí a la chiquilla pidiéndole disculpas—, no es nuestra intención darle a usted la lata con los problemas de nuestro trabajo; es que se trata de una película histórica que se va a referir a la cultura etrusca en Bohemia...
Sí —dijo la chica.
Es un libro muy interesante, fíjese —le entregué el libro a la chiquilla, que lo cogió con una especie de temor religioso y, al ver que ése era mi deseo, lo hojeó brevemente.
Por aquí cerca tiene que estar el castillo de Pchacek —continué—, que era el  centro de los etruscos checos... pero ¿cómo podríamos llegar hasta allí?
Está muy cerca —dijo la chiquilla y se le iluminó la cara porque su perfecto conocimiento del camino de Pchacek le había brindado un poco de tierra firme en medio de la oscura conversación que manteníamos con ella.
¿Sí? ¿Conoce el sitio? —preguntó Martin fingiendo un gran alivio.
¡Por supuesto! —dijo la chiquilla—: ¡No está a más de una hora de camino!
¿A pie? —preguntó Martin.
Sí, a pie —dijo la chiquilla.
Pero tenemos coche —dije yo.
¿No le gustaría ser nuestro guía? —dijo Martin, pero yo no continué con el habitual ritual de chistes, porque tengo mayor instinto sicológico que Martin y me di cuenta de que ponernos a bromear nos habría perjudicado y que nuestra única arma en este caso era la más absoluta seriedad.
Señorita, no quisiéramos abusar de su tiempo —dije—, pero si fuera tan amable de enseñarnos algunos sitios que estamos buscando, nos haría un gran favor, y le quedaríamos muy agradecidos.
Claro que sí —dijo la chiquilla volviendo a hacer una inclinación con la cabeza—, yo encantada... Pero es que... y hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que llevaba en la mano una bolsa de malla y dentro de ella dos lechugas, tengo que llevarle la lechuga a mamá; pero está muy cerca de aquí y en seguida estaría de vuelta...
Por supuesto que hay que llevarle a mamá la lechuga a tiempo y en perfecto estado dije, aquí estaremos esperándole.
Sí. No tardaré más de diez minutos —dijo la chiquilla, volvió a hacernos otra inclinación de cabeza y se alejó con esforzada prisa.
¡Vaya por dios! —dijo Martin y se sentó.
Estupendo, ¿no?
Desde luego. Por esto sí que soy capaz de sacrificar a nuestras dos enfermeras.

Pero pasaron diez minutos, un cuarto de hora, y la chiquilla no regresaba.
No temas,me consolaba Martin. Si hay algo seguro es que volverá.
Nuestra actuación fue totalmente convincente y la chiquilla estaba entusiasmada.
Yo también era de la misma opinión, de modo que seguimos esperando y nuestro deseo de volver a ver a aquella chiquilla de aspecto infantil aumentaba a cada minuto que pasaba. Mientras tanto se nos pasó la hora acordada para nuestro encuentro con la chica del pantalón de pana, pero estábamos tan concentrados en nuestra blanca jovencita que ni siquiera se nos ocurrió levantarnos.
Y el tiempo transcurría.
-Oye Martin, creo que ya no vendrá —dije por fin.
-¿Cómo te lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros como en Dios.
-Sí —dije—, y ésa fue nuestra desgracia. Nos creyó demasiado.
-¿Y qué? ¿Acaso querías que no nos creyese?
-Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el peor aliado —aquella idea me entusiasmó; empecé a divagar—: Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan sólo los objetivos prácticos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no sólo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.
Me parece que ya no te entiendo,dijo Martin.
Es bastante comprensible: para esta chiquilla éramos sólo dos señores serios e importantes.
¿Y entonces por qué no nos hizo caso?
Porque creía demasiado en nosotros. Le dio a su mamá la lechuga y en seguida se puso a hablarle de nosotros entusiasmada: de la película histórica, de los etruscos en Bohemia y la mamá...
Ya, lo demás ya me lo imagino...me interrumpió Martin levantándose del banco.
Por lo demás, el sol ya se estaba poniendo lentamente sobre los tejados de la ciudad; había refrescado levemente y estábamos tristes. Fuimos por si acaso a mirar al autoservicio para ver si por algún error nos esperaba la chica del pantalón de pana.
Naturalmente no estaba. Eran las seis y media. Nos dirigimos hacia el coche, con la repentina sensación de dos personas que han sido desterradas de una ciudad extraña y de sus placeres; decidimos que no nos quedaba otro remedio que recluirnos en el espacio extraterritorial de nuestro propio coche.
¡Pero bueno! me gritó Martin en el coche. ¡No pongas esa cara de entierro! ¡No hay ningún motivo para eso! ¡Lo principal aún nos espera!
Tenía ganas de objetar que para lo principal apenas nos había quedado una hora, por culpa de Irina y su partida de cartas, pero preferí callar.
Además,prosiguió Martin, el día ha sido provechoso: el registro de aquella chica de Traplice, el contacto de la señorita del pantalón de pana; ¡no ves que ya tenemos el terreno preparado, no ves que ya no hace falta más que pasar otra vez por aquí!
No protesté. En efecto, el registro y el contacto habían sido realizados estupendamente. Hasta ahí todo era perfecto. Pero en ese momento me puse a pensar que, durante el último año, Martin, aparte de incontables registros y contactos, no había llegado absolutamente a nada que valiese la pena.Extracto del libro de Milan Kundera “El libro de los amores ridículos” 1968.

lunes, 19 de agosto de 2013

El "loco" Lima.

Lo que aquí narro en verdad sucedió; claro que si lo colocamos en el contexto del mundo actual y de las liberales relaciones humanas de estos días, parecería una insulsa anécdota, pero si la ubicamos en la época en que ocurrió, varias décadas atrás, la versión toma otro perfil.
En el barrio lo conocían como el loco; es muy común en Argentina colocarle el calificativo de "loco" a una persona: el loco Gatti, el loco Bielsa, el loco Chávez, etc. por lo general todos locos buenos.
El loco de este relato no tiene, nunca tuvo nombre, siempre fue llamado así "el loco Lima", incluso hasta él mismo debió haber olvidado su nombre de pila pues siempre le llamaban loco.
Hola Loco, como andás loco, que tal loco...?
Se decía que había quedado así (loco?) porque había bebido más etílico que lo que cualquier cuerpo pueda resistir. Solo por eso.
Cuentan que un día llegó a visitar a un amigo y le dijo: Juancito, que hambre tengo viejo, no tendrás un vasito de vino??
Pedía "moneditas" por la calle simplemente diciendo: no tenés una monedita ?
Alguien ante su requerimiento de : no tenés una monedita..? buscó en sus bolsillos y le dio cinco centavos diciendo: disculpame es la única que tengo.
El loco que tenía serios problemas visuales, acercó la pequeña moneda a sus ojos y cuando ya se retiraba el transeunte dijo: Esperá que te doy el vuelto.
Loco, pero rápido mentalmente.
Trataba a las mujeres de manera diferente, comprendía que su aspecto desaliñado, sus ojos oscurecidos por el alcohol, su pobre visión lo ponía en una situación que molestaba a las  damas. A ellas, solo las saludaba.
Hasta que un día se cruzó con Angelita.
Angelita era una cincuentona que había perdido a su marido hacía ya algunos años. Rostro bonachón, cutis blanco, algunos kilitos de exceso, ojos claros, voz chillona y un corazón generoso.
Cuando adivinó su venir, el loco Lima bien sobrio esa mañana, se detuvo unos metros antes de cruzarse con ella, esgrimió una especie de sonrisa y muy cándidamente, casi como quien pregunta la hora a un ocasional pasante le dijo suavemente: Querés coger...?
En pueblo chico todas las cosas se saben.
Algunos dicen que Angelita comentó a sus amigas que si la invitación hubiera provenido de otra persona.......tal vez..,
Otros dicen que los chicos y los locos no mienten en sus expresiones y que quizás el loco Lima vislumbró que la viuda Angelita necesitaba una alegría, algo que él pudo percibir porque los locos ven el mundo de los cuerdos con mayor intensidad.

Y él, solo quería ayudar.

martes, 2 de julio de 2013

Retrato. Franz Kafka

Franz Kafka
Franz Kafka nació en Praga, Austria-Hungría, el 3 de julio de 1883 y falleció en Kierling, Austria, un día 3 de junio de 1924.
Escritor, su obra fue considerada como una de las más influyentes de la literatura universal. Escribió tres novelas: El Proceso, El castillo, y América además de numerosos relatos cortos.
El que sigue, “Una pequeña fábula", es uno de ellos y su simplicidad demuestra que todos podemos escribir, pues solo se trata de estampar la primera frase, el resto fluirá de alguna manera.

Una pequeña fábula:
¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.
-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo el gato... y se lo comió.
FIN



fuente:ciudadseva

martes, 17 de abril de 2012

La víspera de ese día.

Foto de Luz A.Villa- Wikimedia.

Isaúl Arguellar era lo que se conoce comúnmente como "un tipo supersticioso" y como tal utilizaba todos los ritos y talismanes necesarios para que su vida transcurriera de la forma más normal posible y sin sobresaltos.
Ruda macho, patas de conejo, herraduras de la suerte, ajíes colorados colorados, manitos haciendo cuernos, tréboles de cuatro hojas, etc. eran artículos que se encontraban en su casa como se encuentra un jugo de frutas o un yogurt en la heladera.
Isaúl no embarcaba ni menos se hubiera casado (cruz diablo) en algún día martes,esquivaba a los gatos negros, y jamás osaría pasar debajo de una escalera. Minga. ¡¡y los viernes 13 eran para él algo terrorífico, al punto que siempre encontraba alguna excusa para no salir de su casa durante toda la jornada.
Pero ocurrió algo fuera de lo común en el lugar donde Isaúl vivía. Un fenómeno climático tipo tornado se abatió sobre la zona en la cual tenía su casa, y volaron techos, árboles, se cortó el suministro de agua y luz, cayeron muchos milímetros de agua, sopló viento huracanado  y todo fue durante varias, horas un caos.
Pero como siempre que llovió, paró, esto ocurrió y sobrevino la calma.
Isaúl como tantos otros ciudadanos del siglo XXI al no tener energía eléctrica a disposición se sentía el hombre más inútil del planeta. Por efecto de la tormenta  no recordaba si hoy era, miércoles, o jueves, o tal vez viernes y como odiaba los celulares y relojes de pulsera, no podía recurrir a los únicos elementos técnicos que funcionan aunque no haya corriente eléctrica, para informarse.
Pensó.
Ayer visité a mi hermana, y siempre voy los miércoles, así que hoy es jueves doce de abril, o jueves 13, no sé.
Bueno para el caso no importa; ahora que amainó el temporal voy al restaurant de Pepe, que tiene grupo electrógeno, buena cocina y es barato y me como una milanesa con fritas, o una completa, con dos huevos fritos.
Isaúl salió a la calle  apenas iluminada por la luz de la luna llena. Caminó dos cuadras y fue entonces que vio al gato negro que, sentado sobre el círculo que formaba con su cola lo observaba.
Quiso eludirlo retrocediendo, cuando advirtió que un vecino subido a una escalera  sobre la acera, trataba  de cerrar una ventana que golpeteaba con el viento.

Sin pensarlo, giró y cruzó la calle.
El colectivo de la línea 35, vacío y rápido a esa hora de la noche fue solo una sombra gigantesca que lo envolvió en un abrazo mortal.
El diario del lugar tituló: Viernes 13 -Agencia: Un hombre murió atropellado en los primeros minutos de la madrugada de hoy, por el interno 230  de la línea 35 cuando intentaba cruzar la calzada a la altura del 666 de la calle Guernica.
El hombre que aún no fue identificado solo portaba en sus bolsillos un llavero con un trébol de la suerte, dos llaves y unos pocos pesos en sus bolsillos.-
Dicen, y parece verdad que “nadie muere en la víspera”.
Solo cuando es el tiempo.