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lunes, 16 de enero de 2017

Retrato: Joan Butler.

Portada del libro Armando la Gorda
Seudónimo del escritor irlandés Robert William Alexander (Dublín, 1905-1979). Publicó cuarenta y un novelas de aventuras y otros géneros en la década de 1920 bajo su propio nombre, aunque la mayoría de sus obras estaban firmadas como Joan Butler.
Irlandés nacido en Dublín, eligió su nombre del seudónimo en catalán, como el Nano, Joan, en lugar llamarse Seán, o Iohán como hubiera correspondido en su terruño.

Lo que sigue son fragmentos de su obra “Armando la Gorda” publicada en 1950 que narra la historia de Percy Trotter,  que ha descubierto el procedimiento de fabricar cerveza partiendo del hayuco* que, como materia prima, se cotiza a unos precios francamente irrisorios, motivo por el cual el joven Trotter puede afirmar con razón que la fortuna está a punto de llamar a su puerta e instalarse definitivamente en su casa.

 “El viejo pueblo de Deepdene, tan viejo como el mismo mundo, estaba soñoliento bajo el sol de aquel atardecer. Sólo un par de caballos, uno o dos cerdos y media docena de vacas erraban por sus calles. Unas cornejas lanzaban sus armoniosos graznidos desde las copas de los árboles, y en un campo cercano una codorniz saltaba de un lado a otro, indiferente a todo. En el umbral del «Pelican», el más anciano, de los habitantes de Deepdene, miraba fija y pensativamente hacia la lejanía, mientras mascaba tabaco y escupía. La paz envolvía la tierra: otro día estaba tocando a su fin.
......... Todos estaban sobre ascuas, con los nervios a flor de piel, cuando se reunieron para desayunar a la mañana siguiente. Brewster parecía el único que gozaba de un humor jovial, y había agudizado el mal humor general, cantando a gritos una canción obscena, mientras se aseaba en el cuarto de baño. Sólo por esto la mayoría de los presentes habrían disfrutado estrangulándolo, y hubiesen subido al cadalso con la sonrisa en los labios. Su voz, que distaba mucho de ser armoniosa, era potente y aguda, y nadie había escapado al tormento de oír aquel salmo matinal. Su canto no le había granjeado, desde luego, ninguna nueva amistad. Para la gente que sufría de jaqueca en aquel momento y tenía el sistema nervioso quebrantado, este alarde musical de Sam le importaba un bledo. No podía haber escogido nada peor para comenzar el nuevo día.
En la escalera tropezó con Sidney, quien le saludó con una sonrisa equívoca.
–Está usted muy bonita –dijo Sam–. Sus ojos irradian salud y sus mejillas me recuerdan los capullos de rosa.
–No me siento demasiado bien –confesó Sidney– Le he estado oyendo cantar.
¡Ah! Siempre acostumbro a cantar en el cuarto de baño; ¿le gustó?
–No, en absoluto.
–¿No? Una vez sentí la tentación de dedicarme a las tablas, pero el periodismo pudo más. A veces me arrepiento de no haberlo hecho.
–Pues no hace falta que se arrepienta. Oiga, Sam, ¿qué ocurrió anoche?
Sam movió la cabeza.
–Ahora me es imposible referírselo; es una historia muy larga. Raras veces he pasado una noche más pródiga en acontecimientos. Tuve que tragar saliva y sonreír, pero nosotros, los Brewster ...
–Sí, ya sé,  no se dan nunca por vencidos. Ya me lo contara más tarde. Sam, tengo el presentimiento de que va a haber tormenta.
–¡Oh! ¿qué clase de tormenta?
–La que se va a desencadenar sobre nosotros. Más de uno se estará preguntando cómo penetró Higgs anoche en la casa.
–Déjelos que se hagan las preguntas que quieran –replicó Sam, conciso.
–Sí, pero, ¿y si nos preguntan a nosotros si sabemos algo de ello?
–Limítese a esbozar una sonrisa enigmática y cambie de tema. ¿Sabrá hacerlo?
–Creo que sí, pero, ¿será eficaz?
–A mí no me falla nunca. Éste es uno de mis recursos favoritos. Hawker Swift, el detective privado, procede así siempre que se encuentra ante una dificultad. Se pasea lanzando sonrisas inescrutables a diestra y siniestra, y no me negará usted que no es un tipo magnífico para ser imitado. A propósito, ¿me vio anoche su madre?
–No lo creo, y si le vio, no dijo nada. ¿No sería mejor que bajásemos, Sam?
– Sí, quizá tenga razón.
................ Mientras se desarrollaban aquellos acontecimientos, tía Cloe salió a respirar un poco de aire fresco antes del almuerzo. Después de su entrevista con Brewster se había retirado a su habitación y había pasado la mañana escribiendo varias cartas injuriosas a diversos importantes cerveceros. Animada por aquella labor humanitaria que, a causa de su gripe, se había visto obligada a abandonar durante el curso de las últimas semanas, bajó con paso ligero y ojos brillantes, satisfecha de ver que el triunfo iba coronando su lucha anti cervecera.
Debido a sus preocupaciones estaba totalmente al margen de los acontecimientos, y ningún presentimiento vino a turbar su majestuosa dignidad mientras caminaba bajo los cálidos rayos del sol. Lo había dejado todo entre las manos expertas de Mr. Brewster, y un sutil sentido le aseguraba que su confianza no había sido mal colocada. Aquel muchacho haría cuanto fuera preciso.
Mientras iba paseando meditaba sobre su sobrino Percy. Desde hacía tiempo pensaba que el chico necesitaba una lección. La idea de que era una persona vil había cruzado algunas veces por su imaginación y aquella mañana, por primera vez, había dado muestras de su rebeldía. Tía Cloe se dijo que él trataba de imponérsele, y esto era por una parte culpa suya, ya que últimamente no le había vigilado lo suficiente. Ahora pondría todas las cosas en orden.
Fue despertada de aquellos caritativos pensamientos por el ruido de un motor. Levantando la vista vio un «Rolls–Royce» de enormes dimensiones, conducido por un individuo vestido con un chaquetón de cuero y una gorra en la cabeza. Aquel extraño personaje se acercó a ella, frenó el coche, y la miró mientras se dedicaba a masticar rítmicamente algo que tía Cloe supuso que debía ser chicle.
–¿Es Deepdene Towers? preguntó el individuo desde el coche, hablando por un lado de la boca.
–Sí –contesto tía Cloe con frialdad.
Gracias. ¿Está aquí Mr. Brewster?
Tía Cloe se sobresaltó, ligeramente, y la asaltó cierta sospecha sobre su cómplice.
–¿Mr. Brewster? Sí.
Gracias –repitió el individuo–. ¿Está en la casa? –preguntó, señalando hacia ésta con un dedo cubierto de grasa.
Creo que sí. ¿Desea usted verle?
Ya lo creo.
–¡Cómo!
Ando buscándolo por todo el país.
–¿De veras?
–¡Y tanto! Dejó este coche para que se lo repasáramos, se llevó uno de los nuestros y se fue sin darnos ninguna dirección.
–¡Qué divertido! –exclamó tía Cloe. “

Claro el camino es largo y si Ud. quiere saber cómo termina todo, deberá leer aún 132 páginas más.



*Los hayucos son unos frutos secos con forma de tetraedro, alargados y lustrosos,  parecidos a las castañas aunque más pequeños.
 Se encuentran en Europa en el suelo de los bosques de hayas. 
 fuente elrecursodelosbosques

martes, 14 de julio de 2015

Retrato: Raymond Carver,

Raymond Clevie Carver Jr.  fue un escritor estadounidense nacido el 5 de mayo de 1938, en  Clatskanie, Oregón, Estados Unidos, fallecido 2 de agosto de 1988,  cuyos relatos breves impusieron en su país un modelo narrativo denominado por la crítica "realismo sucio", porque sólo trataba temas cotidianos (sin nada heroico o excepcional) con un estilo seco y sin concesiones metafóricas.
Publicó sus primeros cuentos cortos en revistas, mientras estudiaba en el Humboldt State College de California, en 1963.
Los personajes de sus relatos son pequeños seres atrapados en situaciones sórdidas de la vida corriente: gente sin empleo, abúlicos, perdedores por naturaleza, trabajadores pobres, caracteres nerviosos y grises. Sus escenarios son hogares donde los matrimonios se aman y se odian, o bares donde la existencia de los marginales y alcohólicos transcurre sórdidamente, o vecinos cuyas vidas se relacionan aleatoriamente.
Este es un retrato que bien podría servir como aliciente para todos aquellos que teniendo ganas de iniciar la aventura de escribir, se auto limitan pensando que no serían capaces de poder realizar un trabajo decoroso. Lean a  Raymond Carver, al menos en este relato incluido en el libro ” De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981)” y comprobarán que no es imposible:
“Por la mañana me echa Teacher’s en la barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana.
Yo digo:
—Holly, esto no puede seguir así. Esto tiene que acabar.
Estamos sentados en el sofá de una de las suites de arriba. Había muchas habitaciones libres para elegir. Pero necesitábamos una suite, espacio donde poder movernos y poder charlar. Así que aquella mañana cerramos la oficina del motel y subimos a una suite.
Ella corrobora:
—Duane, esto me está matando.
Bebemos Teacher’s con agua y hielo. Entre la mañana y la tarde hemos dormido un poco. Y luego se ha levantado de la cama y amenazado con tirarse por la ventana en ropa interior. He tenido que agarrarla. Sólo es el segundo piso. Pero aun así.
—Estoy harta —confiesa—. No lo aguanto más.
Se pone la mano en la mejilla y cierra los ojos. Mueve la cabeza de un lado para otro y emite como un zumbido.
Me siento morir viéndola en ese estado.
—¿Qué es lo que no aguantas? —pregunto, aunque naturalmente sé a lo que se refiere.
—No tengo por qué explicártelo otra vez con pelos y señales — responde — He perdido el control. He perdido la dignidad. Antes era una mujer orgullosa de mí misma.
Es una mujer atractiva de poco más de treinta años. Es alta y tiene el pelo negro y largo, y ojos verdes. La única mujer de ojos verdes que he conocido en toda mi vida. Antes, en otros tiempos, solía decirle cosas sobre sus ojos verdes, y ella me decía que gracias a ellos tenía la certeza de que estaba destinada a algo especial.
¡Si lo sabría yo!
Me siento horriblemente mal entre unas cosas y las otras.
Me llega el timbre del teléfono que suena en la oficina. Ha estado sonabdo a ratos durante todo el día. Lo oía incluso cuando estaba dormitando. Abría los ojos y miraba al techo y lo oía sonar y me asombraba de lo que nos estaba pasando.
Pero quizás adonde debería mirar es al suelo.
—Tengo el corazón destrozado — declara—. Se me ha vuelto de piedra. No valgo nada. Eso es lo peor de todo, que ya no valgo nada.
—Holly —protesto.
Cuando al principio nos mudamos al motel y nos hicimos cargo de la gerencia, pensamos que habíamos salido del apuro. Alojamiento y servicios gratis, y trescientos al mes. Era bastante chollo.
Holly se encargaba de la contabilidad. Era buena con los números, y casi siempre era ella quien alquilaba las habitaciones. Le gustaba la gente, y a la gente le gustaba ella. Yo me cuidaba de los jardines, cortaba el césped y arrancaba las malas hierbas, mantenía limpia la piscina, hacía pequeñas reparaciones.
Todo fue bien el primer año. Yo tenía otro empleo nocturno, y salíamos adelante. Teníamos planes. Hasta que una mañana... No sé. Acababa de poner unos azulejos en el baño de una de las habitaciones cuando entró a limpiar la mexicana. Era Holly quien la había contratado. En realidad no puedo decir que me hubiera fijado antes en aquella poquita cosa, aunque sí es cierto que hablábamos cuando nos veíamos. Me llamaba —recuerdo— Mister.
En fin, las cosas.
Así que a partir de aquella mañana empecé a fijarme en ella. Era una cosita menuda y pulcra con unos bonitos dientes blancos. Solía mirarle la boca.
Empezó a tutearme.
Una mañana estaba yo colocando una arandela en un grifo de un baño cuando entró ella y puso la televisión como suelen hacer siempre las chicas de la limpieza. Mientras limpian, quiero decir. Dejé lo que estaba haciendo y salí del cuarto de baño. Al verme se sorprendió. Sonrió y pronunció mi nombre.
Y al poco de pronunciarlo nos tumbamos en la cama.
—Holly, sigues siendo una mujer digna —le aseguro—. Sigues siendo de lo mejor. Vamos, Holly...
Ella sacude la cabeza.
—Algo ha muerto en mí —anuncia—. Le ha llevado tiempo, pero ha muerto. Has matado algo; es igual que si lo hubieras partido con un hacha. Ahora todo se ha ido al traste.
Se acaba la copa. Luego empieza a llorar. Intento abrazarla. Pero inútilmente.
Echo hielo en las copas y me pongo a mirar por la ventana.
Dos coches con matrícula de otro estado están aparcados frente a la recepción; los conductores están junto a la puerta de la oficina, charlando. Uno de ellos acaba de decirle algo al otro, y mira hacia las habitaciones y se manosea la barbilla. También hay una mujer; tiene la cara pegada al cristal, hace pantalla sobre los ojos con la mano y mira al interior. Intenta abrir la puerta.
El teléfono de abajo empieza a sonar.
—Hasta cuando hacíamos el amor hace un rato estabas pensando en ella —me acusa Holly—. Me hace daño, Duane.
Coge la copa que le alargo.
—Holly —empiezo.
—Es cierto, Duane —insiste ella—. No discutas conmigo.
Se pasea de un lado a otro de la habitación, en bragas y sostén, con el vaso en la mano.
Añade:
—Te has puesto al margen del matrimonio. Es la confianza lo que has matado.
Me pongo de rodillas y empiezo a suplicar. Pero estoy pensando en Juanita. Es horrible. No sé lo que va a ser de mí, o de quien sea en este mundo.
Protesto:
—Holly, cariño. Te quiero.
Allá abajo alguien se apoya sobre el claxon, hace una pausa, vuelve a apoyarse.
Holly se seca los ojos. Me pide:
—Prepárame una copa. Esta está aguada. Deja que toquen sus jodidas bocinas. Me la sopla. Me largaré a Nevada.
—No te vayas a Nevada — suplico . Estás diciendo tonterías.
—No digo tonterías. No es ninguna tontería irse a Nevada. Tú puedes quedarte aquí con tu chica de la limpieza. Yo me voy a Nevada. O eso, o me mato.
—¡Holly!
—¡Ni Holly ni nada!
Se sienta en el sofá y sube las rodillas hasta pegarlas a la barbilla.
—Ponme otro trago, hijo de perra — exige. Y sigue —: Que les den por el culo a esos bocineros. Que se vayan a hacer sus marranadas al otro motel. ¿No es allí donde ahora trabaja tu mujer de la limpieza? ¡Ponme otro trago, hijo de perra!
Aprieta los labios Y me dedica esa mirada especial.
La bebida es algo extraño. Cuando miro hacia atrás y pienso en ello, veo que todas las decisiones importantes las hemos tomado mientras bebíamos. Hasta cuando hablábamos de la necesidad de beber menos: nos sentábamos en la mesa de la cocina o en la de picnic de afuera con un cartón de seis latas o una botella de whisky. Cuando pensábamos instalarnos aquí, estuvimos un par de noches bebiendo mientras sopesábamos los pros y los contras.
Sirvo lo que queda de Teacher’s en los vasos y pongo cubitos de hielo y unos chorritos de agua.
Holly se levanta del sofá y se echa en la cama.
Pregunta:
—¿Lo has hecho con ella en esta cama?
No tengo nada que decir. Dentro de mí noto que no tengo palabras. Le alargo el vaso y me siento en la silla. Apuro mi copa y pienso que ya nunca será lo mismo.
—¿Duane?
—¿Holly?
Mi corazón late más despacio. Espero.
Holly era mi verdadero amor.
Lo de Juanita era cinco días a la semana, entre las diez y las once. Lo hacíamos en cualquiera de los cuartos que estuviera limpiando. Yo entraba donde ella estaba trabajando y cerraba la puerta a mi espalda.
Pero la mayoría de las veces era en la 11. La 11 era nuestra habitación de la suerte.
Éramos muy cariñosos el uno con el otro. Pero rápidos. Era estupendo.
Creo que Holly quizá podría haberlo soportado. Creo que lo que tenía que haber hecho era intentarlo de verdad.
Yo, por mi parte, conservaba mi empleo nocturno. Hasta un mono era capaz de hacer ese trabajo. Pero las cosas comenzaron a empeorar vertiginosamente. Nos faltaban fuerzas para seguir, así de simple.
Dejé de limpiar la piscina. Se llenó de un légamo verde y los clientes ya no pudieron usarla. Ya no arreglé más grifos ni puse más azulejos ni hice más retoques de pintura. Bien, la verdad es que estábamos empinando el codo a conciencia. Si bebes en serio, la bebida exige una gran cantidad de tiempo y de esfuerzo.
Holly tampoco registraba a los huéspedes como es debido. O les cobraba demasiado o cobraba menos de la cuenta. A veces ponía a tres personas en un cuarto con una sola cama, y otras a una sola persona en donde la cama era enorme. Había quejas, cómo no, y a veces hasta hubo gritos. La gente liaba sus bártulos y se iba a otra parte.
Y lo siguiente fue una carta de la dirección de la empresa. Y luego otra, certificada.
Hay llamadas telefónicas. Alguien va a venir de la ciudad.
Pero hemos dejado de preocuparnos: las cosas están así. Sabíamos que nuestros días estaban contados. Habíamos echado a perder nuestras vidas y nos estábamos preparando para recibir la sacudida.
Holly es una mujer inteligente. Fue la primera en saberlo.
Entonces, aquel sábado por la mañana, nos despertamos después de pasarnos una noche dándole vueltas a la situación. Abrimos los ojos y nos volvimos para miramos el uno al otro. Los dos lo sabíamos, desde entonces. Habíamos llegado al final de algo, y la cuestión era encontrar. El modo de empezar otra vez.
Nos levantamos y nos vestimos, tomamos café y decidimos discutirlo. Sin que nada nos interrumpiera. Ni el teléfono ni los clientes.
Fue entonces cuando eché mano del Teacher’s. Cerramos con llave y nos subimos aquí, con hielo, vasos, botellas. Antes que nada vimos la televisión en color y retozamos un poco y dejamos que el teléfono sonara abajo. Para comer, fuimos a sacar de la máquina patatas fritas al queso.
Teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa.
—¿Y cuando éramos unos chiquillos, antes de casarnos? —pregunta Holly—. ¿Cuando teníamos grandes planes y esperanzas? ¿Recuerdas?
Estaba sentada en la cama, abrazándose las rodillas y sosteniendo el vaso.
—Lo recuerdo, Holly.
—No fuiste el primero, ¿sabes? El primero fue Wyatt. Figúrate. Wyatt. Y tú te llamas Duane. Wyatt y Duane. Quién sabe lo que me estaba perdiendo durante aquellos años... Tú lo eras todo para mi, como en la canción.
Digo:
—Eres una mujer maravillosa, Holly. Sé que has tenido oportunidades.
—¡Pero no aproveché las de esta clase —se lamenta—. No era capaz de salirme del matrimonio.
—Holly, por favor —corto—. Basta ya, cariño. Dejemos de torturarnos. ¿Qué crees que podríamos hacer ahora?...........
Así, de pronto, no sé qué decir. Luego se me ocurre:
—Holly, también recordaremos todo esto un día. Diremos: ¿te acuerdas del motel con toda aquella mierda en la piscina? —pregunto—. ¿Comprendes lo que digo, Holly?
Pero Holly sigue sentada allí en la cama con el vaso.
Veo que no, que no entiende.
Voy hasta la ventana y miro a través de la cortina. Alguien grita algo allá abajo y zarandea la puerta de la oficina. Me quedo donde estoy. Ruego para que Holly haga algún gesto. Ruego para que se me manifieste.
Oigo como arranca un coche. Luego otro. Proyectan los faros sobre el edificio y, uno después de otro, se retiran y se sumergen en el tráfico.
—Duane —dice Holly.

También en esto tenía razón ella.



Fuente:Biografíasyvidas.com

viernes, 25 de julio de 2014

Retrato: Karmelo C. Iribarren

Karmelo nació casi en el inicio del otoño de San Sebastián, allí mismo un 19 de septiembre de 1959. Hizo de todo un poco en la vida y cuenta que aquello que más tiempo le llevó fue ser camarero, actividad que desarrolló por más de veinte años.
Su andar dentro de “ La condición urbana” solo le permitió formarse autodidacta.“Seguro que esta historia te suena”  pero es casi necesario aclarar que nunca fue un autor de “Serie B” y aunque a veces estuvo solo presente ”Desde el fondo de la barra” su poesía  ha resultado trascendente.

En “La ciudad” vimos andar su obra  “Atravesando la noche” sin “Poemas dispersos” casi, casi en “La Frontera”  pero sin perder la dimensión de “El tamaño de los sueños”
Y así fue que “Atravesando la noche” bajo una intensa “Ola de frío” vimos pasar “Versos que el viento arrastra” y nos fuimos buscando “Otra ciudad, otra vida”.
Y fue un día de frio y lluvia en Buenos Aires que recordé un poema de Karmelo, que dentro de todos los títulos de sus obras, varias de las cuales aparecen aquí encomilladas,  llamó “Los paraguas, los taxis”
Es esta:

LOS PARAGUAS, LOS TAXIS 
      
Acabo de tirarlo,
35 minutos bajo la tormenta
-esperando un maldito
Taxi- han podido con él.
Pero cómo se ha portado.
Ésa es la diferencia:
los taxis son como ciertos amigos,
nunca están cuando más los necesitas.

Los paraguas, en cambio, mueren por ti.

viernes, 17 de enero de 2014

Retrato: Juan Gelman.

Nació un 3 de mayo de 1930, en Villa Crespo.
Fue periodista, escritor, hincha de Atlanta, comunista, integrante en algún momento de las FAR, ganó  entre otros el Premio Cervantes en el 2007.
Todo lo vivió intensamente.

Murió el martes pasado 14 de enero de 2014 en México y alguna vez escribió esto:



viernes, 29 de noviembre de 2013

Retrato: Gibran Jalil Gibran

Gibran Jalil Gibran  nació un día de reyes del año 1883 en la ciudad de Bisharri, al norte de Beirut, contaba solo dos años cuando su familia emigró hacia Estados Unidos país en el que fallece en 1931 cuando contaba solo 48 años.
En su breve vida Gibran escribió obras que fueron traducidas a varios idiomas destacándose entre ellas “El Profeta”.

Los que siguen son tres cuentos breves de su autoría:

El loco.
En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado.
Y sentándome junto a él, le pregunté:
-¿Por qué estás aquí?
Me miró asombrado y respondió:
-Es una pregunta inadecuada; sin embargo, contestaré.
Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío.
Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre.
Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir.
Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta.
Y mis profesores, como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo.
Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo.
Enseguida se volvió hacia mí y dijo:
-Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?
-No, soy un visitante -respondí.
-Oh -añadió él- tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared. 

Las leyes.
Años atrás existía un poderoso rey muy sabio que deseaba redactar un conjunto de leyes para sus súbditos. Convocó a mil sabios pertenecientes a mil tribus diferentes y los hizo venir a su castillo para redactar las leyes. Y ellos cumplieron con su trabajo.
Pero cuando las mil leyes escritas sobre pergamino fueron entregadas al rey, y luego de éste haberlas leído, su alma lloró amargamente, pues ignoraba que hubiera mil formas de crimen en su reino.
Entonces llamó al escriba, y con una sonrisa en los labios, él mismo dictó sus leyes. Y éstas no fueron más que siete.
Y los mil hombres sabios se retiraron enojados y regresaron a sus tribus con las leyes -que habían redactado. Y cada tribu obedeció las leyes de sus hombres sabios.
Por ello es que poseen mil leyes aún en nuestros días. Es un gran país, pero tiene mil cárceles y las prisiones están llenas de mujeres y hombres, infractores de mil leyes. Es realmente un gran país, pero ese pueblo desciende de mil legisladores y de un solo rey sabio.

Aquel viejo, viejo vino.
Hubo una vez un hombre rico muy orgulloso de su bodega y del vino que allí había; y también había una vasija con vino añejo guardada para alguna ocasión sólo conocida por él.
El gobernador del estado llegó a visitarlo, y aquél, luego de pensar, se dijo: "Esa vasija no se abrirá por un simple gobernador".
Y un obispo de la diócesis lo visitó, pero él dijo para sí: "No, no destaparé la vasija. Él no apreciará su valor, ni el aroma regodeará su olfato".
El príncipe del reino llegó y almorzó con él. Mas éste pensó: "Mi vino es demasiado majestuoso para un simple príncipe".
Y aún el día en que su propio sobrino se desposara, se dijo: "No, esa vasija no debe ser traída para estos invitados".
Y los años pasaron, y él murió siendo ya viejo, y fue enterrado como cualquier semilla o bellota.
El día después de su entierro tanto la antigua vasija de vino como las otras fueron repartidas entre los habitantes del vecindario. Y ninguno notó su antigüedad.
Para ellos, todo lo que se vierte en una copa es solamente vino.
fuente:ciudadseva

lunes, 30 de septiembre de 2013

La chica vestida de blanco.

De pronto Martin se incorporó (movido evidentemente por algún sensor secreto) y miró fijamente hacia el solitario camino del parque. Avanzaba hacia nosotros una chiquilla vestida de blanco. Ya a distancia, cuando aún no podían identificarse con seguridad ni las proporciones del cuerpo ni los rasgos de la cara, se notaba en ella un especial encanto, difícilmente discernible; una especie de pureza o de ternura.
A esto le llama Martin “registro”. Parte de sus ricas experiencias, que le hicieron llegar a la conclusión de que no es tan difícil seducir a una chica como, si tenemos unas elevadas exigencias cuantitativas en este sentido, conocer siempre a una cantidad suficiente de chicas a las que hasta ahora no hemos seducido.
Por eso afirma que es necesario siempre, en cualquier sitio y en cualquier situación, llevar a cabo un amplio registro, es decir apuntar, en un libro de notas o en la memoria, los nombres de las mujeres que han llamado nuestra atención y con las que alguna vez podríamos contactar.
El contacto ya es un nivel más elevado de actividad e implica que establecemos con determinada mujer una relación, que la conocemos, que logramos tener acceso a ella.
Si uno disfruta mirando hacia atrás para vanagloriarse, pone el acento en los nombres de las mujeres amadas; pero si mira hacia delante, hacia el futuro, debe preocuparse, sobre todo, de tener a suficientes mujeres registradas y contactadas.

Cuando la chiquilla estuvo ya bastante cerca de nosotros vimos que era muy joven, algo entre una niña y una jovencita, y aquello nos produjo de pronto un estado de absoluta excitación, de modo que Martin se levantó de un salto del banco:—Señorita, soy Milos Forman, director de cine; tiene que ayudarnos.
Extendió su mano y la chiquilla se la estrechó con una mirada infinitamente asombrada.
Martin hizo un movimiento con la cabeza señalándome a mí y dijo: Este es mi  cameraman. Ondricek , dándole la mano a la muchacha.
La chiquilla hizo una reverencia.
—Nos encontramos en una situación embarazosa. Estoy buscando exteriores para mi película; tenía que esperarnos aquí nuestro asistente, que conoce bien el sitio, pero el asistente no ha llegado, así que estamos ahora pensando cómo hacer para orientarnos en esta ciudad y en sus alrededores. Aquí el camarada cameraman no para de estudiarlo en este grueso libro alemán, pero ahí, desgraciadamente, no va a encontrar nada.
La alusión al libro que no había podido leer en toda la semana de pronto me irritó: Es una lástima que usted mismo no tenga mayor interés por este libro —ataqué a mi director—. Si durante la preparación de sus películas estudiase como corresponde y no dejase el estudio en manos de los cámaras, es posible que sus películas no fuesen tan superficiales y no hubiese en ellas tantas cosas absurdas... Perdone —me dirigí a la chiquilla pidiéndole disculpas—, no es nuestra intención darle a usted la lata con los problemas de nuestro trabajo; es que se trata de una película histórica que se va a referir a la cultura etrusca en Bohemia...
Sí —dijo la chica.
Es un libro muy interesante, fíjese —le entregué el libro a la chiquilla, que lo cogió con una especie de temor religioso y, al ver que ése era mi deseo, lo hojeó brevemente.
Por aquí cerca tiene que estar el castillo de Pchacek —continué—, que era el  centro de los etruscos checos... pero ¿cómo podríamos llegar hasta allí?
Está muy cerca —dijo la chiquilla y se le iluminó la cara porque su perfecto conocimiento del camino de Pchacek le había brindado un poco de tierra firme en medio de la oscura conversación que manteníamos con ella.
¿Sí? ¿Conoce el sitio? —preguntó Martin fingiendo un gran alivio.
¡Por supuesto! —dijo la chiquilla—: ¡No está a más de una hora de camino!
¿A pie? —preguntó Martin.
Sí, a pie —dijo la chiquilla.
Pero tenemos coche —dije yo.
¿No le gustaría ser nuestro guía? —dijo Martin, pero yo no continué con el habitual ritual de chistes, porque tengo mayor instinto sicológico que Martin y me di cuenta de que ponernos a bromear nos habría perjudicado y que nuestra única arma en este caso era la más absoluta seriedad.
Señorita, no quisiéramos abusar de su tiempo —dije—, pero si fuera tan amable de enseñarnos algunos sitios que estamos buscando, nos haría un gran favor, y le quedaríamos muy agradecidos.
Claro que sí —dijo la chiquilla volviendo a hacer una inclinación con la cabeza—, yo encantada... Pero es que... y hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que llevaba en la mano una bolsa de malla y dentro de ella dos lechugas, tengo que llevarle la lechuga a mamá; pero está muy cerca de aquí y en seguida estaría de vuelta...
Por supuesto que hay que llevarle a mamá la lechuga a tiempo y en perfecto estado dije, aquí estaremos esperándole.
Sí. No tardaré más de diez minutos —dijo la chiquilla, volvió a hacernos otra inclinación de cabeza y se alejó con esforzada prisa.
¡Vaya por dios! —dijo Martin y se sentó.
Estupendo, ¿no?
Desde luego. Por esto sí que soy capaz de sacrificar a nuestras dos enfermeras.

Pero pasaron diez minutos, un cuarto de hora, y la chiquilla no regresaba.
No temas,me consolaba Martin. Si hay algo seguro es que volverá.
Nuestra actuación fue totalmente convincente y la chiquilla estaba entusiasmada.
Yo también era de la misma opinión, de modo que seguimos esperando y nuestro deseo de volver a ver a aquella chiquilla de aspecto infantil aumentaba a cada minuto que pasaba. Mientras tanto se nos pasó la hora acordada para nuestro encuentro con la chica del pantalón de pana, pero estábamos tan concentrados en nuestra blanca jovencita que ni siquiera se nos ocurrió levantarnos.
Y el tiempo transcurría.
-Oye Martin, creo que ya no vendrá —dije por fin.
-¿Cómo te lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros como en Dios.
-Sí —dije—, y ésa fue nuestra desgracia. Nos creyó demasiado.
-¿Y qué? ¿Acaso querías que no nos creyese?
-Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el peor aliado —aquella idea me entusiasmó; empecé a divagar—: Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan sólo los objetivos prácticos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no sólo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.
Me parece que ya no te entiendo,dijo Martin.
Es bastante comprensible: para esta chiquilla éramos sólo dos señores serios e importantes.
¿Y entonces por qué no nos hizo caso?
Porque creía demasiado en nosotros. Le dio a su mamá la lechuga y en seguida se puso a hablarle de nosotros entusiasmada: de la película histórica, de los etruscos en Bohemia y la mamá...
Ya, lo demás ya me lo imagino...me interrumpió Martin levantándose del banco.
Por lo demás, el sol ya se estaba poniendo lentamente sobre los tejados de la ciudad; había refrescado levemente y estábamos tristes. Fuimos por si acaso a mirar al autoservicio para ver si por algún error nos esperaba la chica del pantalón de pana.
Naturalmente no estaba. Eran las seis y media. Nos dirigimos hacia el coche, con la repentina sensación de dos personas que han sido desterradas de una ciudad extraña y de sus placeres; decidimos que no nos quedaba otro remedio que recluirnos en el espacio extraterritorial de nuestro propio coche.
¡Pero bueno! me gritó Martin en el coche. ¡No pongas esa cara de entierro! ¡No hay ningún motivo para eso! ¡Lo principal aún nos espera!
Tenía ganas de objetar que para lo principal apenas nos había quedado una hora, por culpa de Irina y su partida de cartas, pero preferí callar.
Además,prosiguió Martin, el día ha sido provechoso: el registro de aquella chica de Traplice, el contacto de la señorita del pantalón de pana; ¡no ves que ya tenemos el terreno preparado, no ves que ya no hace falta más que pasar otra vez por aquí!
No protesté. En efecto, el registro y el contacto habían sido realizados estupendamente. Hasta ahí todo era perfecto. Pero en ese momento me puse a pensar que, durante el último año, Martin, aparte de incontables registros y contactos, no había llegado absolutamente a nada que valiese la pena.Extracto del libro de Milan Kundera “El libro de los amores ridículos” 1968.

martes, 23 de julio de 2013

Retrato: Toni Morrinson

Toni Morrison, es una escritora estadounidense, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1993. Nació en la localidad de Lorain, el 18 de febrero de 1931, en el estado de Ohio, donde fue bautizada con el nombre Chloe Anthony Wofford.
Su apodo familiar, Toni, unido al apellido de su marido, Morrinson, dieron  marco al nombre con el que se la conoce en el mundo literario: Toni Morrinson.
Toni ganó además en su prolífica carrera de escritora el Premio Pulitzer, y la Medalla Presidencial de la Libertad, pues su obra habla en gran medida sobre los derechos civiles de la gente nacida con tez oscura, que aún hoy en pleno siglo XXI sufre discriminación en muchos lugares del mundo.
El que sigue es un relato de su autoría que pertenece a la obra “Volver”:

"Se alzaron como hombres. Los vimos. Como hombres se pusieron de pie.
No teníamos que estar cerca de allí. Como en la mayoría de las granjas de los alrededores de Lotus, Georgia, aquella estaba llena de inquietantes letreros de advertencia.
Las amenazas colgaban de la alambrada de estacas cada cinco pies más o menos. Pero cuando vimos en la tierra el hueco escarbado por algún animal (un coyote tal vez, o un perro de caza), no pudimos resistirlo.
Solo éramos niños. A mi hermana la hierba le llegaba al hombro, y a mí a la cintura, así que, tras comprobar que no había culebras, nos tiramos al suelo y, reptando, atravesamos el hueco.
Nos picaban los ojos por la sabia de las plantas y las nubes de mosquitos, pero mereció la pena. Justo enfrente, a unas cincuenta yardas, se alzaban como hombres.
Sus cascos levantados golpeaban con estrépito, las crines hacia atrás dejaban al descubierto unos ojos blancos y furiosos. Se mordían como perros, pero cuando se alzaron, apoyándose solo en las patas traseras y las delanteras  a la altura de la cruz del adversario, contuvimos la respiración con asombro.
Uno de ellos era colorado como la herrumbre, el otro negro azabache, los dos brillantes por el sudor. Los relinchos no nos asustaron tanto como el silencio que siguió a la coz que uno le pegó al otro en los labios levantados con las patas traseras.
A su alrededor, los potros y las yeguas, indiferentes, pastaban o miraban hacia otro lado. La pelea se detuvo. El colorado bajó la cabeza y piafó mientras el vencedor trotaba formando un arco, empujando suavemente a las yeguas delante de él. Retrocedimos ayudándonos con los codos en busca del hueco de la alambrada, evitando la fila de camionetas aparcadas un poco más allá, pero nos perdimos. Aunque tardamos una eternidad en volver a ver la verja, no nos entró miedo hasta oír unas voces, apremiantes pero flojas. Tiré a mi hermana del brazo y me llevé un dedo a los labios. Sin levantar la cabeza en ningún momento pero observando a través de la hierba, vimos que tiraban de un cuerpo en una carretilla y lo echaban a un agujero ya excavado.
 Un pie  sobresalía del borde, y temblaba, como si pudiera salir de allí, como si con un pequeño esfuerzo pudiera quitarse de encima la tierra con que lo estaban cubriendo. No vimos las caras de los hombres que lo enterraban, solo sus pantalones, pero sí vimos el filo de una pala que empujó el pie tembloroso para que se uniera al resto del cuerpo. Cuando mi hermana vio que golpeaban aquel pie negro con su rosada planta surcada de regueros de barro para meterlo en la tumba, se estremeció de pies a cabeza.
 Le estreché los hombros con fuerza e intenté atraer sus sacudidas a mis huesos, porque, como hermano cuatro años mayor que ella, me creía capaz de dominarlas. Hacía ya mucho rato que aquellos hombres se habían marchado y la luna era un melón cuando nos sentimos lo bastante seguros para tantear la hierba y nos arrastramos con la tripa pegada al suelo, buscando hueco bajo el alambre. Llegamos a casa pensando que nos darían unos buenos azotes o que por lo menos nos regañarían por volver tan tarde, pero los mayores no repararon en nosotros. Algún problema los tenía preocupados.
Como se ha empeñado en contar mi historia, piense lo que piense y escriba lo que escriba, tenga esto bien presente: olvidé aquel entierro. Solo recordé los caballos. Eran tan hermosos.
Tan brutales.
Y se pusieron de pie como hombres."

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Retrato: Ola Hansson


Ola Hansson, fue un poeta sueco, nacido el 12 de noviembre de 1860, en Hønsinge, Suecia; vivió 65 intensos años para fallecer el 26 de septiembre de 1925, en Büyükdere, Turquía.
Un título, de la obra de Hansson posiblemente el más criticado en aquella época, fue sin duda “Sensitiva amorosa” cuyos párrafos iniciales son los que siguen a continuación:

«…No me queda ahora más que un único interés: disfrutar del sexo opuesto y estudiarlo. Todas las raíces que han hecho a mí ser brotar de la vida y que le han permitido extraer de ella su alimento, se han secado y marchitado, una tras otra. Todas excepto una sola, y sólo ésta han crecido y se ha hinchado de savia, se ha alargado y expandido, y es ahora una malla de finas ramificaciones que por sí misma me sujeta a la vida. Todos los demás órganos de mi ser, gradualmente, uno tras otro, han dejado de funcionar. Los canales que transportaban la sangre del corazón de la existencia hacia sus vasos se han taponado, se han paralizado y reducido a conductos muertos. Todos, excepto uno, a través del que disfruto del sexo opuesto y lo estudio, el cual ha adquirido una ulterior diferenciación en su estructura para convertirse en un frágil mecanismo dotado de ruedas y engranajes microscópicos, finos como la tela de una araña. He hecho de este estudio y este disfrute un arte exquisito, y no tengo otro objetivo ni otro interés en esta vida que llevar este arte a la perfección.
Para individuos como yo, llega siempre, más pronto o más tarde, un momento en el que uno está cansado de todas las relaciones reales con las mujeres. Hay mucho de banal y doloroso en esos vínculos, sean de la índole que sean. Ya he tenido más que suficiente de todo eso, y ahora me dedico a disfrutar de las mujeres a distancia, estudiándolas y estudiándome a mí mismo, y de esta forma puedo eliminar todos los aspectos triviales inherentes a las relaciones entre los sexos, así como gozar de la esencia pura sin el mal sabor de los aditivos.

Hay algo terriblemente penoso en la empresa de ambicionar y conseguir a una mujer, algo que provoca repulsión y dolor de principio a fin. Primero los tenemos ahí, a los dos, al hombre y la mujer, frotándose mutuamente como dos gatos en celo, y cada secreta mirada que ambos intercambian revela, en su lúbrico brillo o lánguida acuosidad o timidez vergonzante, esa atracción sexual que ensucia físicamente a ambos. Siempre he sentido repugnancia ante la visión de ese cortejo obsceno y absurdo que hace sonreír malévola y cínicamente a todo el mundo y que constantemente me recuerda a las ampulosas maneras amorosas del gallo que se pavonea ante su bobalicona gallina. Y cuando se han alcanzado la maravillosa dicha y el éxtasis derivados del patético acto de la cópula, la historia se acaba y ya no hay mucho más que añadir, pues en el noventa y nueve por ciento de los casos, más pronto o más tarde, uno se encuentra cara a cara frente a un ser al que no se ha visto nunca ames, y al que mucho menos se conoce o se ha deseado alguna vez, y uno se despierta un hermoso día compartiendo cama con una mujer extraña, de la cual no se reconoce un solo rasgo ni de su rostro ni de su alma. Si se trata de tu amante sin el consentimiento expreso de nuestro Señor, te espera el doloroso y desagradable trámite de la ruptura; y si has entablado una relación socialmente regulada, entonces has de vivir el resto de tu vida en intimidad con ese ser desconocido al que jamás has deseado pero que ahora se te pega como un cardo. Por muy en profundidad que hayas estudiado a una mujer, por mucho que creas conocerla por dentro y por fuera, nunca podrás estar completamente seguro de que un día no vaya a cambiar de piel como una anguila, hasta que ella, tal como es ahora, y aquella que una vez conociste y amaste, se te antojen tan distintas como la noche y el día. Verás, las personas no son algo fijo e inmutable: uno no puede aferrarse a ellas o decir que son de esta manera o de tal otra. 

En su ser tienen lugar continuamente procesos secretos, que metamorfosean su cuerpo y su alma minuto a minuto: procesos que ocurren en ti y en aquellos que en esta vida has amado y abrazado con ternura, procesos que ni tú ni ellos comprendéis. ¿Eres tú el que ve las cosas con otra mirada, o es el otro el que ha cambiado y se ha convertido en alguien distinto? No lo sabes. Lo único que sabes es que esta persona, que se acercó cada vez más hasta que se incorporó a ti, y tú a ella, de repente se ha desprendido y ahora se halla muy lejos de ti, como un objeto indiferente u odioso, con el que no quieres tener nada que ver o del que huyes con aversión.
Esto es lo que la experiencia me ha enseñado, y ahora ya no quiero correr el riesgo de entregarme a la vida en cuerpo y alma, pues las mujeres nos hacen más mal que bien. Pero puesto que para mí el sexo lo es todo, y la vida sin él estaría vacía de contenido y significado –nunca he podido entender cómo se puede vivir, si no–, he aprendido a disfrutarlo de otra forma, a mi manera, para poder beber el vino puro sin el poso.
Todas las mujeres que me encuentro en los paseos y en los teatros, y dondequiera que la vida nos lleva a los que solemos deambular sin rumbo por ella: no quiero ni acercarme ni dirigirles la palabra, pues entonces de esas cabezas hermosas o distinguidas emergerá enseguida toda su estupidez y las demás miserias que van aparejadas y todo se irá al garete. Pero yo las disfruto, con todo mi cuerno y toda mi alma, con la vista y el olfato, con mis sensaciones y pensamientos. Individualizo de entre la muchedumbre a cada una de ellas y busco su yo más profundo, el aroma de su ser, los matices de su rostro, los rasgos característicos de su figura y el fugaz bouquet de su carácter; lo capturo todo en un gesto, una mirada, una expresión de los ojos, en la manera de caminar, en cualquier pequeño detalle que nadie más apreciaría, pero que revela toda su individualidad. O bien sondeo los abismos de esta personalidad oculta con mis más agudas reflexiones. Y cuando la mujer se halla ante mí, única entre las demás, con los frágiles pero nítidos rasgos distintivos en su piel, en su mirada, en su cerebro y su corazón, me dedico a disfrutarla. >>….


miércoles, 1 de agosto de 2012

Cosas de la vida breve IV

Nu de dos -Pablo Picasso

Mujeres después de los veintiséis años

"¡Qué lindas las mujeres de veintiséis años, que aún no se han casado ni tienen novio!
¡Qué lindas y que afinadas son! Más que mujeres parecen brasas cubiertas de una fina película de ceniza. Se consumen lentamente y todos sus gestos tienen lentitud de cansancio: el cansancio de haber esperado inútilmente.
¡Qué lindas las mujeres de veintiséis años, que aún no se han casado ni tienen novio!
La tristeza
¡Con qué tristeza miran a las jóvenes esposas que pasan con una criatura en los brazos! Los ojos se les vuelven sin querer, y miran alejarse a las desconocidas que cumplieron su destino, con un pesar que les ensombrece la ojera, y torna más luminosa y ambigua la luz de la pupila.
¿Y los casamientos? Yo he visto, en la noche, mirando el coche blanco de azahares, a puñados de chicas que esperaban «la salida de los novios». Y las que eran jóvenes se alegraban, pero las que cruzaron los veinticinco años, miraban con ansiedad, recogidas en el convencimiento de que esa prodigiosa aventura nunca, pero nunca, les ocurriría a ellas.
Y cuando el cortejo nupcial desaparecía, y las luces se apagaban, y el sacristán de la iglesia cerraba las puertas, ellas, las muchachas solteras se alejaban despaciosamente sin hablar, sumergido el pensamiento en cavilaciones de «lo que no fue».
Y esta pena…
Y esta pena es la que las embellece, volviéndolas pálidas y dejándoles en las manos esas transparencias monjiles de las mujeres enclaustradas.
Porque hay un momento que en ese otoño alcanzan la plenitud de su madurez. Los ojos les brillan como afiebrados, la epidemia adquiere como una especie de luz de nácar, los cabellos parecen tallados en ondulosidades de plomo, y, al caminar, lo hacen con una agilidad extraña. Saben que en esos momentos son lindas irreparablemente pero también saben que esa hermosura es el último fuego del crepúsculo, que ello pasará y luego quedarán convertidas en tristes mujercitas esas muchachas de blusa de tela livianas y espalda algo encorvada que, cuando oyen hablar de amor, sonríen escépticamente y tratan de desviar la conversación.

Hasta los veinte años
Hasta los veinte años fueron las mozas absurdas y pretenciosas que adornan todos nuestros barrios, las muchachas del «¡ay!», y del «no, querida», y del «sí, preciosa». Tuvieron novios, pero uno porque no era elegante, el otro porque «tenía un no sé qué», el tercero, porque no ganaba suficientemente. El caso es que, sintiéndose fuertes, no quisieron casarse esperando algo mejor.
¡Lindas almas de piedra, y magníficos corazones de corcho! Se sentían tan lindas, que el querer era para ellas como para un avaro regalar su fortuna a un miserable; y ese mismo convencimiento las embelleció tanto, durante algunos años, que nadie las aguantaba ni veinticuatro horas.
Luego el tiempo pasó.
¡Y cómo pasó! Volando. Tan rápido, que se encontraron más allá de la línea, y entonces quisieron reaccionar, pero era tarde, tan tarde." 
Extraído del libro de Roberto Arlt "Secretos femeninos"  Aguafuertes inéditas.