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martes, 23 de julio de 2013

Retrato: Toni Morrinson

Toni Morrison, es una escritora estadounidense, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1993. Nació en la localidad de Lorain, el 18 de febrero de 1931, en el estado de Ohio, donde fue bautizada con el nombre Chloe Anthony Wofford.
Su apodo familiar, Toni, unido al apellido de su marido, Morrinson, dieron  marco al nombre con el que se la conoce en el mundo literario: Toni Morrinson.
Toni ganó además en su prolífica carrera de escritora el Premio Pulitzer, y la Medalla Presidencial de la Libertad, pues su obra habla en gran medida sobre los derechos civiles de la gente nacida con tez oscura, que aún hoy en pleno siglo XXI sufre discriminación en muchos lugares del mundo.
El que sigue es un relato de su autoría que pertenece a la obra “Volver”:

"Se alzaron como hombres. Los vimos. Como hombres se pusieron de pie.
No teníamos que estar cerca de allí. Como en la mayoría de las granjas de los alrededores de Lotus, Georgia, aquella estaba llena de inquietantes letreros de advertencia.
Las amenazas colgaban de la alambrada de estacas cada cinco pies más o menos. Pero cuando vimos en la tierra el hueco escarbado por algún animal (un coyote tal vez, o un perro de caza), no pudimos resistirlo.
Solo éramos niños. A mi hermana la hierba le llegaba al hombro, y a mí a la cintura, así que, tras comprobar que no había culebras, nos tiramos al suelo y, reptando, atravesamos el hueco.
Nos picaban los ojos por la sabia de las plantas y las nubes de mosquitos, pero mereció la pena. Justo enfrente, a unas cincuenta yardas, se alzaban como hombres.
Sus cascos levantados golpeaban con estrépito, las crines hacia atrás dejaban al descubierto unos ojos blancos y furiosos. Se mordían como perros, pero cuando se alzaron, apoyándose solo en las patas traseras y las delanteras  a la altura de la cruz del adversario, contuvimos la respiración con asombro.
Uno de ellos era colorado como la herrumbre, el otro negro azabache, los dos brillantes por el sudor. Los relinchos no nos asustaron tanto como el silencio que siguió a la coz que uno le pegó al otro en los labios levantados con las patas traseras.
A su alrededor, los potros y las yeguas, indiferentes, pastaban o miraban hacia otro lado. La pelea se detuvo. El colorado bajó la cabeza y piafó mientras el vencedor trotaba formando un arco, empujando suavemente a las yeguas delante de él. Retrocedimos ayudándonos con los codos en busca del hueco de la alambrada, evitando la fila de camionetas aparcadas un poco más allá, pero nos perdimos. Aunque tardamos una eternidad en volver a ver la verja, no nos entró miedo hasta oír unas voces, apremiantes pero flojas. Tiré a mi hermana del brazo y me llevé un dedo a los labios. Sin levantar la cabeza en ningún momento pero observando a través de la hierba, vimos que tiraban de un cuerpo en una carretilla y lo echaban a un agujero ya excavado.
 Un pie  sobresalía del borde, y temblaba, como si pudiera salir de allí, como si con un pequeño esfuerzo pudiera quitarse de encima la tierra con que lo estaban cubriendo. No vimos las caras de los hombres que lo enterraban, solo sus pantalones, pero sí vimos el filo de una pala que empujó el pie tembloroso para que se uniera al resto del cuerpo. Cuando mi hermana vio que golpeaban aquel pie negro con su rosada planta surcada de regueros de barro para meterlo en la tumba, se estremeció de pies a cabeza.
 Le estreché los hombros con fuerza e intenté atraer sus sacudidas a mis huesos, porque, como hermano cuatro años mayor que ella, me creía capaz de dominarlas. Hacía ya mucho rato que aquellos hombres se habían marchado y la luna era un melón cuando nos sentimos lo bastante seguros para tantear la hierba y nos arrastramos con la tripa pegada al suelo, buscando hueco bajo el alambre. Llegamos a casa pensando que nos darían unos buenos azotes o que por lo menos nos regañarían por volver tan tarde, pero los mayores no repararon en nosotros. Algún problema los tenía preocupados.
Como se ha empeñado en contar mi historia, piense lo que piense y escriba lo que escriba, tenga esto bien presente: olvidé aquel entierro. Solo recordé los caballos. Eran tan hermosos.
Tan brutales.
Y se pusieron de pie como hombres."

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