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miércoles, 12 de octubre de 2016

Martín Gallinero y otros personajes.


En cada pueblo hay individuos por todos conocidos que tienen una personalidad que los diferencia del resto, y en el pueblo de una provincia del sur de Argentina donde tienen lugar los hechos que narro, no era una excepción.
Recuerdo que en el lugar donde crecí había varios de estos personajes que a pesar del transcurrir de los años siguen presentes en mi recuerdo como formando una parte importante de los mismos, porque fueron de alguna medida los primeros representantes de un mundo irreal que yo por ser un niño desconocía.

En esa galería de estereotipos estaba por ejemplo Justo; se decía de él que había sido un marino destacado de alto rango, que había caído en desgracia después de un desengaño amoroso que jamás pudo superar.
Justo hablaba muy bajito y cuando lo hacía no abundaba en palabras, es más, no recuerdo haberle escuchado hablar más allá de monosílabos o palabras cortas que no le significaran mucho esfuerzo.
Por haber sido marino, no le tenía mucho afecto al agua, y se mantenía bastante lejos de ella, por lo cual en su negra gorra de vasco que portaba día y noche, el negro brillaba por falta de jabón, situación ésta que obviamente se trasladaba a la humanidad de Justo.
En el barrio Justo hacía los mandados para casi todo el vecindario, principalmente se lo llamaba para buscar  kerosene para el bran metal o las lámparas de tubo, pues la corriente (monofásica de 110 ws) se cortaba seguido y solo funcionaba hasta las diez de la noche.
En el colegio nos hablaron un día de Justo José de Urquiza, y cuando me crucé con Justo se me ocurrió decirle: Justo José de Urquiza, el hombre que venció al tirano Rosas;  Justo me miró en silencio, y confieso que tuve un poco de miedo, pero su rostro se relajó y esbozó una sonrisa que nunca le había visto; no quise abusar de ello, y me alejé rápido pero contento de haber visto a Justo sonreír, al menos una vez.
Justo vivía en un ranchito bajo y estrecho, cerca de unos tamariscos en un terreno baldío jamás pidió nada, ni se quedó nunca con nada que no fuera suyo. En silencio andaba por la vida y en silencio se marchó; nunca supe que rumbo tomó. El rancho quedó vacío y una topadora, unos años después lo borró completamente del lugar.

En el barrio, todos éramos propensos a poner sobrenombres a los vecinos. La Chacha por ejemplo era una señora que se peinaba como el personaje de la historieta, y fumaba en una pipa tipo Popeye, se paraba por las tardes en la puerta de su casa con una botellita con ½ de tinto a la cual besaba con cariño, mientras miraba pasar la vida.
La Chacha, tenía una inquilina a la cual le llamábamos “Baciniya con diarrea” por unas manchas en su cara, que no había make up que las cubriera.
Unos metros más allá, vivía “Alambre con pelos” llamada así por ser muy flaquita y tener una abundante cabellera.
Luego estaba “Bastonazo”, un policía retirado, que cuando molestábamos jugando al futbol o a los cowboys en el campito vecino, nos amenazaba con sobarnos el lomo con su bastón.
“Limpieza”, era una señora gorda que tenía varios hijos y como Justo, le escapaba al agua y al jabón. Su marido al igual que Bastonazo era un sargento de policía muy recto, que luego se separó de esta mujer, tal vez  desgastado por el esfuerzo de tratar que exesposa  fuera un poco más predispuesta a la higiene personal.
Vecinos de doña Limpieza eran el “Gato Negro” un hombre de campo que se dedicaba al arreo de ganado  y vestía siempre de negro quien vivía con su esposa a la que todos conocíamos como “pan con grasa” dado el volumen de su trasero.
Gato Negro  un hombre moreno, delgado, y de pocas palabras, solía estar mucho tiempo fuera de su hogar, y decían las comadres que otros gatos andaban por su techo  y de allí se explicaba porque una de su cuatro hijas era tan rubiecita.
Algo parecido le sucedió a “Cortocircuito” el electricista que vivió un tiempo en el barrio y que tenía un hijo pelirrojo y bien pecoso, y siendo él morocho, explicaba que su hijo había salido así porque su señora consumía mucha zanahoria.

Y por último Martín, tal vez el único “casi malo” de esta galería de personajes; nunca supe al igual que el caso de Justo cuál era su apellido pues todos le llamaban Martín Gallinero por el gusto que tenía por visitar gallineros que por aquel entonces abundaban en el barrio; dicen que Martín pescaba a las gallinas colocando una lombriz en la punta de un hilo de albañil debidamente preparado para atorar a la gallina, y cuando esta agarraba la lombriz, Martín la levantaba en peso por sobre el alambrado como si escapara volando.
Al observar el gallinero y no ver por ningún lado plumas ni restos de huesos, el dueño del corral se preguntaba cómo podía desaparecer así un ave que entre sus habilidades no figuraba la de volar.

A unas cuantas cuadras de allí, en el aire flotaba un aroma de caldo de gallina, mientras Martín sentado frente a la estrebe que contenía una olla negra por el hollín, silbaba mientras pelaba una papa para agregar a lo que era su debilidad: un pucherito de gallina, que habiendo sido gratis resultaba más exquisito.

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