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lunes, 28 de mayo de 2012

Cosas de la vida breve III


Los años del amor.
Ha pasado el tiempo y mis ojos ya no son los mismos, pero tú sí. He visto cómo la ciudad crecía y algunas costumbres cambiaban y en torno a mí surgían novedades que poco a poco me apartaban y me ignoraban. El entorno amable y natural que siempre acogió mi oculta inseguridad fue desprotegiéndome, y quedé en el desamparo ante paisajes y modas que ya no son las mismas, pero tú sí, tú permaneces igual que entonces, como cuando antes, tal como ayer.
He visto cómo amigos y antiguas amantes perdían la sonrisa lozana, la inocencia del gesto desmedido y alegre, el sueño lejano de la mirada ida en el último confín. Mis amigos y mis novias de antes son ahora serios caminantes que me saludan desde la otra acera con gesto rápido y sin detenerse, pero tú no, tú aún caminas a mi paso y en tu gesto todavía surge la sonrisa y el ademán despreocupado del feliz inocente.
También he visto cómo mi cuerpo se resiente por el frío o el calor, por el esfuerzo o la torsión, cuando antes, hace poco, tal vez ayer, corría desnudo entre la escarcha helada del amanecer o frotaba mis músculos sudorosos contra otros cuerpos ardientes, retorciendo las articulaciones en busca de placeres cada vez más lejanos. Todo ya parece perdido y reducido a movimientos apagados y leves, menos tú, que aún juegas con tu cuerpo junto al mío y giras, te contorsionas y te enalteces en la desnudez de cualquier amanecer.
Veo, día a día, las ansias de mi ardor dilatarse en una espera sin prisas, sin la urgencia que antes rompía las normas y la ropa, y ahora se sienta y espera con la paciencia de quien ya no busca, de quien ya conoce y ha perdido el asombro y el desespero y la rabia y la angustia y el placer del arrebato; pero tú no, tú todavía gimes y gritas, me desgarras y me empujas, me buscas con la necesidad de la urgencia y la impaciencia de quien descubre cada vez un sueño y un placer.
No te veo envejecer, amada, más al contrario, tiras de mí con fuerza para retenerme junto con tu tiempo detenido en la alegre inconsciencia del asombro, en la fuerza inmensa de la pasión, en el descubrimiento continuo del cuerpo, de los sueños, del frío o del calor, de la ciudad, de todo lo qué nos rodea y que por ti es nuevo y siempre acogedor.

Amor de loco.
Te amo y te seguiré amando por encima del tiempo y de tu propio amor. Serás mi obsesión cotidiana aún más allá de lo que puedas soportar.
Te querré tanto como a mí mismo y mucho más de lo que tú te puedas querer. Serás mi sueño continuamente idealizado hasta el punto de no distinguir realidad y fantasía.
Te veré como la culminación de todos mis tabúes quebrantados, y en tu cuerpo realizaré el sacrificio de mi inteligencia, supeditada siempre a la ilusión grandiosa que de tu imagen he formado.
No te podrás reconocer en esa imagen que de ti tengo, porque tu fantasía jamás alcanzó cimas tan elevadas.
Serás mi dueña mientras aceptes cumplir todos mis más asombrosos deseos. Serás mi esclava para no provocar mi furibunda ira si no obedeces el más caprichoso de mis designios.
Yo para ti seré el animal en perpetuo celo, que te lame con mimo hasta el extremo del asco y la repugnancia, y aun así no detendré las caricias con que te he de cubrir.
Seré por ti el perpetuo sexo encendido que buscará cada gemido tuyo hasta conseguir el último, y todavía seguiré porfiando por más. Te obligaré a los actos más ruines y salvajes por deseo de mí placer y querré que tu grites con el mismo frenesí.
Querré oír tu grito prolongado cuando el orgasmo nos alcance y entonces sentiré el deseo irreprimible de morder tu cuello y tu hombro y tu mejilla y tu pecho.
Y con premura, aún la respiración entrecortada y el cuerpo dolorido, querré comenzar de nuevo.
Finalmente, exigiré tu muerte de placer cuando no soporte más tanta dicha.
Recopilación de textos anónimos :Fuente www.escolar.com

                                                        

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