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martes, 26 de julio de 2011

Virgilio (parte tres)

Virgilio: comenzó la fiesta.

En verdad que me encuentro muy a gusto aquí pensaba Virgilio, en su quinto día de estancia en Villa Carpincho.
La vida transcurría felizmente; la dueña de la pensión había viajado a la capital y él se encontraba a sus anchas sin aquel par de ojos fijos en su figura siguiendo todos sus movimientos. Según María, una morena de prietas caderas, que oficiaba de ayudante de la Porota, esta había viajado a la capital para comprar algunos modelitos y renovar su look.

Tenía una hermosa sonrisa María, Virgilio la había observado la noche anterior caminando por el corredor de la casa con tan solo un camisón transparente que dejaba adivinar un cuerpo joven y bien formado.
Pecado que esta noche tuviera un compromiso con el Comisionado Municipal y su hija; pero se aseguró que buscaría la oportunidad para poder observar mejor aún las torneadas piernas de María.
Con ese pensamiento cruzaba distraído la calle cuando un pesado camión exigido en los frenos por su conductor se detuvo a unos centímetros de su nariz al tiempo que le gritaba:
-He amigo, que le pasa, se quiere suicidar justo en este pueblo, donde hace años que no ocurre ningún accidente fatal?
-Disculpe, venía pensando en algunas cosas y no me di cuenta de su presencia.
-Veo, si y eso que este mercedes es bien grande dijo el chofer que se bajó y le extendió la mano: “Mucho gusto, Jacinto, para lo que guste mandar”  voy saliendo de viaje para el sur si no con gusto le invitaba una cerveza.
Pero no faltará oportunidad, agregó, y como dando por cumplido el protocolo  social post, “disculpe casi lo atropello”  puso su pie izquierdo en el soporte del camión que luego de un ronroneo se alejó resoplando hasta perderse en la distancia.
Virgilio se quedó en la mitad de la calle viéndolo alejarse; sonrió, lentamente llevó a su boca la ramita de hinojo verde que venía mordisqueando y al girar para continuar su camino la vio.
Estaba observándolo a través de un amplio ventanal cubierto con unas finas cortinas que al notar que Virgilio dirigía hacia allí su vista se cerraron súbitamente. Alcanzó a divisar no obstante que se trataba de una mujer, alta y delgada de largo y ondulado cabello rubio.
Caminó lentamente por la acera del chalet que contaba con un pequeño jardín en su frente, y al mirar hacia la ventana  notó que otro par de ojos lo observaban.
Pero estos pertenecían a un doberman negro de casi cincuenta Kg. de peso que en silencio le acompañaba desde dentro de la casa atento a cada uno de sus movimientos.

Empezaba a fastidiarle la cena de esa noche pero necesitaba de la ayuda del Comisionado para recabar algunos de los informes que había venido a buscar, por lo cual puntual a las 21, con un ramo de flores en una mano y una botella de Cabernet en la otra haciendo malabares, tocó a la puerta,

La primera en aparecer fue una joven con el cabello color zanahoria cortado a “la garçonne” y el rostro lleno de pecas: “Hola, soy Clarita adelante, por favor”
En la sala esperaba otra mujer Blanca, madre de Clara, una señora regordeta también de cabello color zanahoria, luciendo una especie de particular “jopo” no elevado sino más bien aplastado contra la parte superior derecha de su frente.
Virgilio supo días después que ese detalle tenía como motivación cubrir la cicatriz que allí había dejado una plancha caliente esgrimida por una esposa celosa por los favores dispensados por Blanca al marido de ésta, y que al parecer no fueron bien recibidos.
La mayor se adelantó y estampó un sonoro beso en la mejilla del visitante (no lo hizo así la joven que aparentaba ser algo tímida) agradeciendo la atención del vino y las flores para a continuación indicar.
-Tengo que darle de parte de mi esposo, sus disculpas por no estar presente esta noche. Obligaciones imprevistas de su actividad política han hecho que deba viajar a la capital y según me adelantó estará por allí tres o cuatro días.
La cena bien servida por una cocinera diligente fue muy agradable. Ambas mujeres eran simpáticas y se interesaron por la relación de Virgilio con el cine con lo cual la conversación se hizo extensa y variada.
Luego en la sala con licor y café de por medio, Blanca anunció que se retiraba a dormir no sin antes invitar a Virgilio a que pernoctara allí en la habitación de huéspedes, pues era ya casi las tres de la mañana, había comenzado a llover copiosamente y no contaban con movilidad para acercarlo al hotel.
No titubeó en aceptar Virgilio, estaba cómodo y lo que menos tenía era ganas de caminar bajo la lluvia por un lugar todavía desconocido para él. Permanecieron un rato más en la sala y luego Clarita le indicó la habitación. La casa estaba totalmente en silencio, y el cuarto de huéspedes se encontraba en el extremo izquierdo de la planta superior donde resaltaba un gran ventanal que daba a un patio interno lleno de plantas y algunos árboles.

Virgilio se quitó lentamente la ropa, se metió en la cama y encendió el último cigarrillo de la noche; se quedó mirando el cielo raso cuando de pronto notó que la puerta se abría lentamente.
En el vano estaba Clarita con una manta en la mano que le extendió diciendo: te traje una manta extra, hace mucho frio aquí por las noches. Virgilio la miró sin decir palabra mientras desplegaba la manta sobre la cama.
Al terminar de colocar la manta, sonrió, le dijo suavemente “Buenas noches” y comenzó a retirarse para imprevistamente girar sobre sí misma, desandar el trecho realizado y zambullirse en la cama junto a Virgilio, que sorprendido y por reflejo la recibió entre sus brazos.

El encuentro amoroso con la hija del comisionado, en su casa y en ausencia de éste, no perturbó tanto a Virgilio como lo que ocurrió después que Clarita abandonara la habitación.
No tiene muy en claro si la situación vivida realmente pasó o fue producto de un sueño, por la abundante comida y el alcohol ingeridos.
Vagamente recuerda que estando entre dormido pudo notar que Blanca, la madre de Clarita abría la puerta y caminaba hacia su cama con los ojos cerrados y los brazos extendidos, al llegar allí y sin dejar esta posición, se quita el camisón y completamente desnuda se mete en la cama de espaldas a la posición en la que él se encontraba.
La mujer extiende hacia atrás su mano izquierda, busca y encuentra la identidad de Virgilio, y con habilidad la encamina hacia el lugar pretendido diciéndole: Acá tenés lo que te gusta. Hazme el amor.

Temeroso bajó las escaleras Virgilio dispuesto a salir de esa casa a la brevedad posible, y antes del regreso del comisionado. Para su suerte en la sala solo estaba la mucama quien le informó que las señoras aún dormían. Clara porque nunca se levanta antes del mediodía y la señora porque a veces no duerme muy bien porque es sonámbula.
Ya en la calle se sintió más seguro, había zafado de encontrarse con el hombre de la casa, y eso dado las circunstancias vividas era muy saludable.
Continuará 
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