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lunes, 30 de abril de 2012

Retrato : Raphael Aloysius Lafferty II

El Hombre que nunca existió (final)


Todos fuimos testigos en la vista. El sheriff Bryce estaba allí, pero como si no estuviese. Había también un médico de la policía,un tal Bates, de la ciudad, y un comisario llamado Ottleman, designado por las autoridades de nuestro estado. Ese Ottleman no acababa nunca con sus preguntas, y muchas de ellas tenían miga, por cierto.
Señor Lado, dijo, he escuchado lo que puede ser la más ingenua tortuosidad que haya sido expuesta en una vista, o la más detestable declaración que haya tenido yo la desgracia de aguantar. ¿Hay algún hecho tangible detrás de este embrollo, Lado?
Hay hechos, claro. ¿Qué desea usted saber?
¡Válgame Dios!... Veamos: ¿qué le ocurrió a Jessie Pidd?
Pues que ha desaparecido. Ya se lo han dicho.

¿Puede usted hacer que vuelva?
Hombre, supongo que podría, por un rato muy corto. Pero echaríamos a perder toda la broma.
¿Considera usted señor Lado, que un asesinato es cosa de broma?
Es que no se trata de asesinato, en absoluto. Jessie Pidd no era una persona.
¿Ah, no? ¿Qué era entonces?
No era nada. Nunca hubo un tal Jessie Pidd.
Lado, eres un redomado embustero,gruñó Runkis.
Desde luego, soy un embustero, admitió Lado. Lo cual viene a decir que soy un ilusionista. Tengo un centenar de facultades y he gastado una pequeña broma con una de ellas. Esto es todo. Puedo hacer que cualquier cosa parezca que es; puedo crear realidad. He ocultado esas fuerzas porque no veo claro para qué sirven. Y un día, para aligerar la responsabilidad que me imponen, decidí divertirme un poco.
¿Cuándo fue que empezaste a hacernos ver a Jessie por primera vez? preguntó Runkis de mala gana.
La otra noche, cuando tú me emplazaste a que mandara a un hombre al otro mundo.
Siendo así, ¿cómo Se explica que hayamos tratado a Jessie varios años, y él hiciera trabajos eventuales en el campo y en el pueblo?
No le trataste, Raymond. Yo te lo sugerí, y tú eres buen receptor. Repito que Jessie Pidd nunca ha existido.
Lado, hay dificultades con su declaración, intervino Ottleman. Hay pruebas de que Pidd era conocido de años en este lugar; era el legítimo esposo de cierta..., sí, de Maudie Malcome.
Exactamente, no. Sólo lo más parecido a un esposo que Maudie haya tenido en su vida. No está bien de la cabeza, esa pobre mujer.
Nada de eso, interrumpió el pequeño Mack McGoot. Es una persona simple y de poco seso, como lo era también Jessie Pidd. Les queríamos a los dos. Y habrá venganza por lo que ha sucedido, dentro o fuera de la ley.
No sabía que fuese yo tan ilusionista. Y si lo hice, ¿por qué no puedo deshacerlo? Ottleman, esta gente sueña despierta, y se figura lo que nunca fue. Compruébelo usted mismo. Presénteme alguna referencia escrita de Pidd, anterior a los cuatro días últimos. Si un hombre ha vivido en un pueblo varios años, ha de haber algún dato de él, tendrá que haber hecho cosas en alguna parte. Si ha venido haciendo trabajos sueltos durante años, alguien tendrá recibos o apunte de los pagos. Estamos en un mundo de papeles, y en cualquier sitio debería haber papeles a nombre suyo.

Jessie era un hombre que pasaba inadvertido,dijo John Noble.
¡Busque, Ottleman! insistió Lado. No encontrará usted ni una sola nota en todo el pueblo. También desearía que obtuviera de los ocho testigos, uno a uno por separado, la descripción de cómo era Jessie Pidd.
Bien. Vamos a interrumpir la vista y dedicaremos dos horas a lo que usted pide,dijo Ottleman.
En aquellas dos horas recogieron un buen caudal de información.
Se reanuda la vista, anunció Ottleman. Lado, no tiene usted donde agarrarse. Y a nosotros no nos queda ninguna duda; Jessie Pidd era muy conocido en este pueblo, desde hace muchos años.
¿Cuántos años?
Nadie está completamente seguro. Hay quien habla de cinco, y quien habla de cincuenta.
¿Coinciden las descripciones de ese hombre que no existió?
Todos están de acuerdo en llamarle estrambótico y difícil de describir?
También declaran todos que no tenía una edad bien definida...
Señor Lado, he recogido más pruebas que usted. Es normal que la gente no concrete, y muy corriente que describa con poca seguridad. Pero ahora estoy convencido de que Jessie Pidd era un hombre de carne y hueso, y que usted lo ha llevado a la muerte.

¿Encontraron algo escrito sobre él ? Esta es la verdadera prueba.
No, no encontramos nada, y tampoco es ésa la prueba. Según asegura todo el mundo, no era de esa clase de hombres de los que se suele tomar notas escritas. Los que le tuvieron a su servicio, pagaron siempre en efectivo. Nunca estuvo en el censo de votantes, nunca tuvo un permiso de conducción o una tarjeta de seguros sociales, ni una cuenta en un banco, ni una hoja de impuestos. Era un hombre que no formaba parte de nuestro mundo de papeles, como usted dice.
¿Y no dejó algo escrito de sí mismo?
No. Parece que era analfabeto.
¡Es como para coger una pataleta! ¿Ni tan siquiera una firma hecha con el pulgar de su mano?
Ni tan siquiera eso, Lado, pero existió a pesar de todo. Podemos, pues, acabarle a usted la diversión y volver al punto principal. ¿Cómo le mató? ¿Y dónde está su cadáver?

Señor Ottleman, estoy diciendo la verdad a una sala que no se aviene a escucharla. El poder de la ilusión es de los que han venido a mí sin pedirlos. Para recreo mío y, según creía yo, también de los demás, he creado la ilusión de un hombre; luego, he dejado que se desvaneciera. No hubo nunca ese tal Jessie Pidd. Era un pobre hombre, le hice así por simple ficción.
Todos los que están aquí son pobres hombres, señor Ottleman, y están sometidos a una ilusión constante.
¿No siente remordimiento por su crimen?
¿Cómo puede ser tan obcecado, señor Ottleman? Fue una treta, nada más que una treta de ilusionismo. Ahora el caso ha terminado, y nadie ríe, y aquí la voz de Lado se hizo más estridente. Tengo el poder por accidente. Soy hombre de una nueva clase.

Y nosotros somos de una clase antigua de justicia, dijo Ottleman. Encontraremos el cadáver dondequiera que lo haya ocultado, y será usted colgado por asesinato.
Pero por mucho que la cuerda se desviviese por el cuello de Lado, la rutina judicial no podía colgarle sin el cadáver como cuerpo del delito.
Afortunadamente, los particulares no nos andamos con tantos miramientos. Alguien tenía que hacerlo, y lo hicimos nosotros.

Era una tarde muy luminosa. Lado no quería ir a la soga. Por lo visto, un hombre de la nueva clase le teme a la soga como cualquiera.
¡Locos, locos! gritaba Lado con la manos atadas a su espalda. Estamos en el comienzo de algo muy importante. Estamos en la línea del futuro.
Pero tú estás hoy,le atajó Runkis y en el extremo que lleva un nudo corredizo.
¡Locos, locos malditos! Jessie Pidd no existió nunca.
Bueno, aquella parte ya la conocíamos. Pero, como decía el propio Lado, ¿quién desea echar a perder una buena broma?
Sigo creyendo que alguien me dirá qué debo hacer con mis facultades.
Sí, pero todavía no lo ha dicho nadie, volvió a comentar Runkis
Y entonces tiramos todos de la cuerda.
Le colgamos, y en paz. Como también decía el propio Lado, llegó a este mundo un poco demasiado pronto. Había acabado de dar gritos momentos antes de que le colgásemos.

Runkis y el pequeño Mack McGoot se encargaron del cuerpo. Aseguraron que nadie lo encontraría donde lo pusieron, y el caso es que no lo han encontrado todavía, a estas horas.
¿Qué hace uno después de colgar a un hombre?
Pregunta innecesaria, puesto que aquel mismo hombre nos había enseñado ya lo que hay que hacer. Por otra parte, un hombre del futuro no deja un gran hueco en el presente.
Cuando todo un pueblo se confabula, puede hacer milagros en un solo día. Borramos hasta las más leves huellas de Mihai Lado. Y tuvimos suerte, además. Aquel tipo, con su eterno fajo de billetes, había pagado siempre al contado, como ya he dicho. Sospechábamos, incluso, que su nombre no fuese verdadero. Acudimos a todos los establecimientos, recurrimos a todo y a todos, revisamos uno por uno los tratos hechos, las anotaciones. Algo hubo que quemar o mistificar, pero no mucho. Le habíamos mandado, y bien mandado, al otro mundo.
Al llegar Ottleman con su guardia, se encontraron con un público muy difícil de pelar.
¿Qué han colgado a un hombre? ¿Quién? ¿Nosotros? ¿Un tal Mihai Lado? No me diga. Aquel nombre no le sonaba a nadie. Hasta el mismísimo sheriff no pudo reconocer al señor Ottleman en su segunda visita; hubo que repetir las presentaciones. Ottleman tiró la cartera al suelo, en un arranque de rabia.
Aquí hay un error, le dijeron. Esto es Springdale, y usted debe de hablar de Springfield, que está en la otra punta del estado. ¿Una vista anterior? ¿Y de anteayer? Otro error, seguramente. ¿Y los documentos que lleva en la cartera? Vaya usted a saber dónde paran. La cartera acaba de recogerla un chico que ha escapado con ella. No, no conocemos al chico. Ni conocemos a nadie.

Fue una escena de nervios, en verdad, pero todos representamos bien nuestros papeles, y la cosa salió adelante. Señores, en este pueblo no hubo nunca un Jessie Pidd, y tampoco un Mihai Lado.
Sin embargo, queda un detalle a considerar, sobre estos tipos del futuro. Y es que unos y otros, sin remedio, hemos de acabar yendo un día a ese país del futuro.
Y allí nos estará esperando,se lamentó el pequeño Mack McGoot, a uno cualquiera de los dos lados de la barrera. Entonces nos tendrá en sus manos.
Apuesto a que no, objetó Raymond Runkis.
Pero Runkis está ya deshecho, el pobre. Se puso viejo de golpe, y viejo es algo que yo no quisiera ser.
Allá arriba, en quién sabe qué negro rincón, a un lado o el otro de la barrera, como dijo el pequeño Mack McGoot, hay un mozo pecoso y pelirrojo, dotado de unas facultades que estarán empezando a madurar. Es un mozo con esa clase de ojos que no son de por aquí. Y del que se diría que mira a través de la cara de otro hombre, como una máscara.
FIN.


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