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domingo, 29 de abril de 2012

Retrato : Raphael Aloysius Lafferty

Raphael Aloysius Lafferty (7 /11/1914 - 18 /03/ 2002) fue un escritor norteamericano de ciencia-ficción y fantasía.
En su trayectoria literaria Lafferty, que comenzó a escribir cumplidos ya los 45 años de edad, produjo durante los siguientes treinta años, alrededor de treinta y cuatro novelas y trescientas historias cortas, en su mayoría de ciencia-ficción.
Abandonó definitivamente la literatura en 1994 y argumentan que la obra completa de Lafferty no se conoce en su totalidad. Sus albaceas han informado el año pasado ( 2011) sobre la existencia de trece novelas y noventa y seis relatos todavía sin publicar, aunque al autor le gustaba afirmar que “ sus escritos formaban parte de “una sola novela demasiado larga e interminable ,titulada : Una historia de fantasmas”. (Wikipedia)
El que sigue es un relato ( primera parte, de dos) incluido en su obra “Selección de relatos cortos:

El Hombre que nunca existió:

Soy un hombre de la clase del futuro,afirmó Lado un mal día. Y creo que están apareciendo hombres con nuevas facultades. El mundo tendrá que aceptarnos tal como somos.
Apuesto a que no, le atajó Runkis.
Todo aquello empezó pinchando Raymond Runkis a Mihai Lado, el tratante de ganado.
Eres un endiablado y ostentoso embustero pelirrojo de siete suelas,le soltó Runkis aquel día.
Sí, ya lo sé, admitió Lado.
Se sentía complacido cuando le alababan su especialidad. Era el mejor mentiroso del contorno, y el que más se divertía con sus tretas. Pero Runkis no paró allí:
Lado, tú no has contado una sola cosa de verdad en toda tu vida, siguió comentando con voz fuerte.
Te diré lo que voy a hacer, Runkis y a Lado le brillaron los ojos.  Elige una de mis mentiras, cualquiera que tú recuerdes, y yo la convertiré en realidad. La oferta queda en pie.
Entonces empezamos a interesarnos los demás.
Hay más de mil para escoger, aseguró Runkis. Podría hacer que me presentases aquel  ternero amaestrado del que alardeas tantas veces.
Es ésta tu elección? De acuerdo. Silbaré y lo tendrás aquí dentro de un minuto.
No. Prefiero que llames a la vaca que da cuatro clases distintas de cerveza por cada uno de los caños de sus ubres.
¿Quieres verla? Nada más fácil. Pero debo advertirte de que su cerveza negra resultará un poco fuerte para tu gusto.
Bueno. Pensándolo mejor, podrías traerme aquel caballo que lee las poesías de Homero.
Runkis, ahora eres tú quien está mintiendo. Yo nunca he dicho que lea las poesías de Homero. Dije y digo que las recita. No sé de dónde las ha sacado, pero así es.
Tú juraste una vez que eres capaz de mandar a un hombre al otro mundo, hacerlo desaparecer por completo. Este es el caso que elijo. ¡A ver, hazlo!
No quisiera disponer de un pobre hombre en esta forma, Runkis.
Hazlo, Lado. Te emplazo. Es uno de los embustes que no puedes hacer verdad. Elige a un hombre y muéstrame que ha desaparecido.
Muy bien. La cosa necesitará un par de días, pero podréis seguirla de cabo a rabo. Sí, señor, mandaré a un hombre al otro mundo.
Aquel Mihai Lado era un tipo muy raro. Pagaba siempre al contado y tenía las ideas tan rápidas que le entraba a uno el miedo en el cuerpo. Era el más listo de los tratantes de ganado en el valle Cimarrón; era macizo, pecoso y chapucero, pero no parecía hombre del campo. Tenía esa clase de ojos que no son de por aquí; se diría que miraba a través de la cara de otro, como una máscara.
Lado era un fullero, pero nadie puede mandar, así como así, a un hombre al otro mundo.
Bueno lo haré, nos dijo aquel día después de pensarlo un poco. Mandaré a Jessie  Pidd al otro mundo.
¿A quién?
A Jessie Pidd, el que está tomando café al otro extremo del mostrador.
¡Ah, Jessie! Perfecto. ¿Cuándo lo harás?
Acabo de principiar. Ya le he afinado un poco. Y podréis divertiros todos viendo cómo va desapareciendo. Será gradual, pero en tres días se habrá marchado por completo.
¡Vaya, vaya! Nos reímos como potros en prado nuevo.
Esto a Lado no le molestó; mostraba siempre una media sonrisa mientras cerraba sus tratos, y seguía sonriendo entonces como si tal cosa.
En cierto modo, Lado no llevaba todas las de perder. Porque, ya para empezar, Jessie Pidd no estaba allí todo él. Entiendan lo que quiero decir: resultaba un bendito simple y flaco algo fuera de sus cabales. Solíamos comentar que era tan delgado, que no llegaríamos a verle si se lo miraba de perfil; pero aquello, claro está, no pasaba de chiste entre copa y copa.

El aspecto de Jessie Pidd era francamente malo a la mañana siguiente, cuando entró a desayunar en el Café de los Ganaderos. Verdad es que nunca lo tuvo muy bueno, que digamos.
¿Te encuentras bien?—le preguntó Raymond Runkis.
No del todo.
Y se puso a mirarnos, como intrigado.
A media mañana, Johnny Noble hizo correr la voz de que Jessie Pidd andaba al sol sin dejar sombra. Otros dos lo vieron también. Pero el cielo se nubló y no hubo medio de seguir adelante con la observación.
Algo antes de ese mediodía, Maudie Malcome encaró con todo a Lado en el vestíbulo del banco.
Señor Lado, ¿qué le está haciendo a mi marido?
¿Pero de veras estás casada, Maudie?
¡Condenado pelirrojo! Jessie Pidd es mi legítimo esposo.
Bueno, Maudie, te lo diré; estoy haciéndole desaparecer.
Si toca un solo pelo de su cabeza, seré yo quien le mate a usted. ¡Por esta!
Adelantada la tarde, las versiones se extendieron como una epidemia por el pueblo. Hasta el bruto de Raymond Runkis tuvo que admitir que las cosas presentaban mal cariz.
Os digo que puedo ver la luz de una cerilla a través del cuerpo de Jessie Pidd,nos informó, y también la silueta de cosas que estén detrás de él... Oye, Lado, antes de que lleguemos a las malas, ¿es sólo un juego todo eso?
Sí, hombre, un juego y nada más que un juego.
Bien, pero tomaré las precauciones necesarias para que no se salga de cauce. Tengo la mayor y más segura casa del pueblo.
Los aquí presentes haremos de testigos, y tú, Lado, y tú, Jessie, vais a ir con nosotros a mi casa y allí estaremos hasta que se cumpla lo ofrecido. Si alguno tiene asuntos pendientes, dispone de una hora para despacharlos. Luego, todos a mi casa. Hagas lo que hagas, Lado, veremos cómo lo haces. ¿Queda claro?
Runkis nos puso de vigilancia. Llevamos un par de camas de la sala y preparamos un par de catres. Algunos se acostaron, y los demás nos pusimos a jugar a los naipes, para pasar la noche en vela.
Pero ninguno de nosotros dudaba ya de que Jessie Pidd se hubiese hecho transparente. Veíamos el contorno de los objetos a través de él; su propia silueta quedaba más difusa. Había cada vez menos de lo poco que antes hubo de Jessie Pidd.
Nadie de los del grupo durmió mucho aquella primera noche. Era espantoso ver cómo se iba marchando Jessie, y puedo decir que a la mañana siguiente quedaba sólo la mitad de él.
Aquella noche, Pidd se había vuelto tan inmaterial, que el humo de los cigarros pasaba a su través. Era poco lo que quedaba, dejando aparte la silueta y la sonrisa de conejo.
A la segunda mañana seguía con nosotros todavía, pero muy poquísima cosa.
Y hacia la caída de la tarde, todos perdimos una vez u otra la pista de Jessie Pidd, y con grandes dificultades logramos, dar con los trazos de su contorno.
Después se nos perdió del todo.
Primero, la silueta definitivamente; luego, la sonrisa de conejo. Al obscurecer, Jessie Pidd había desaparecido. Quedamos en silencio, sin saber qué hacer. Fue Raymond Runkis quien rompió a hablar:
Lado, ¿tú puedes verle todavía?
No, ahora ni nunca.
Lo mejor será que vayamos todos al Sheriff, recomendó Heamonek. Si no es un asesinato, ya le encontraremos otro nombre.  (continuará)


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