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martes, 7 de septiembre de 2010

LAS ÁNIMAS NO EXISTEN ¡¡

La frase popular  del inicio se compone en realidad de diez palabras, pero las seis restantes, las colocaré al final del mismo.
Apolinario es un hombre de casi cien años, que trabajó la mayor parte de ellos en distintos campos al sur del Rio Colorado en la patagonia argentina, y que goza de tener una memoria prodigiosa y lúcida; a su memoria o a su imaginación se deben estos relatos.
HALLOWEEN  El Mariano era dentro del plantel de peones, al que  más le gustaba hacer bromas al resto de sus ocasionales compañeros. A él se le atribuye haber utilizado "jalapa" (Ipomea Purga) para escarmentar a un señorito de la ciudad que lo había agarrado de  "punto" desde su llegada al campo, y que gracias a unos mates que le acercó gentilmente Mariano, casi desaparece por el inodoro, debiendo volver de urgencia a la ciudad "porque la comida del campo", no le sentaba bien.
Harto de las bromas del Mariano, sus compañeros se aunaron en una venganza, y una noche de domingo oscura y ventosa, cuando regresaba medio obnubilado por alguna que otra copita demás, el Mariano y para no ser menos también su caballo, se espantaron al ver en la tranquera principal a un monstruo de gran cabeza con un ojo rojo y el otro amarillo, unos pocos dientes que parecían filosos  y como una especie de luz que bajaba por  todo un cuerpo sin formas. En menos que canta un gallo el Mariano, lúcido como por arte de magia estaba otra vez en el pueblo, dispuesto a volver al campo solo al día siguiente y bien avanzada la mañana, situación que  permitió a sus compañeros utilizar en un puchero, el zapallo grande y redondo que tan bien había cumplido, previa preparación con un celofán rojo y otro amarillo, una sábana de la Matilde y una linterna, su rol de monstruo penando en la noche. 


EL MORO: Federico era uno de los dos carteros con que contaba el plantel del correo del pueblo y era conocido no solo por esto, si no porque  todos sabían que era muy miedoso, cagón como le decían sus amigos. Tanto así que nunca iba al cine de noche, y cuando una vez tuvo que acompañar a una jovencita de la cual gustaba a ver una película de Drácula, metió en una bolsita un poco de ruda macho, y se preparó unas pequeñas cruces de palo que guardó en sus bolsillos, para así volver a su casa con tranquilidad. Federico andaba siempre en bicicleta silbando y silbando, tal vez para sentirse más acompañado al volver de su trabajo en invierno, cuando ya a las seis de la tarde estaba oscuro.
Fue una noche de esas cuando Federico, silbando y pedaleando, volvía a su casa como siempre en bicicleta y por arriba de la vereda que era en su mayor extensión de tierra apisonada y de una altura superior a las actuales. Se acercaba Federico a un lugar que a pesar de conocerlo como la palma de su mano, nunca le inspiró mucha confianza, porque era un terreno como de media manzana, cercado solo por tamariscos y una tranquera de alambre por la cual el propietario del mismo ingresaba algunos animales que solían pastar allí.
Federico contó mientras curaban su nariz rota en el Hospital, que había sido golpeado por algo o alguien justo al pasar frente a la tranquera de alambre y que según recuerda el golpe lo arrancó de su bicicleta que quedó por allá, mientras él rodaba desconcertado y de narices contra el ripio de la calle. Dijo que en su cara le quedó una especie de baba con un olor fuerte y que aquel que lo golpeó no tenía buen aliento.
Al tiempo lo trasladaron a Federico a otro correo lejos, bien lejos de donde ocurrió este incidente. Es así que nunca se enteró que el "Moro" un hermoso caballo negro como la noche , saco su cabeza por arriba de la tranquera al escuchar silbar a alguien que lo hacía como su dueño esperando el consabido "Vamos Moro" justo cuando Federico pasaba por allí.
EL CURA SIN CABEZA:  En el mismo barrio de Federico, a unas cinco a seis cuadras hacia el este se encontraba un establecimiento de salesianos al cual se accedía por un camino arbolado, previo cruzar un pequeño puente que servía para sortear un zanjón no muy profundo ni tampoco muy ancho, pero que siempre tenía bastante agua.
Allí se decía, que principalmente los viernes entre el follaje al costado del puente, solía verse aparecer a un cura sin cabeza. Los corajudos que se animaban a cruzar por el puente (por entonces la única vía que comunicaba con el pueblo vecino) lo hacían rogando que no les tocara a ellos verse enfrentados con esta aparición, que si bien parecía pacífico (era cura) no resultaba para nada agradable.
Unos cincuenta metros antes de donde se decía aparecía el cura, vivía doña Chela y su sobrina Rosita.
Doña Chela era una señora bajita que le faltaban dos dientes en la parte izquierda de su mandíbula, justo para calzar allí una pipa tipo Popeye  que solía disfrutar en la puerta de su casa mientras observaba pasar a los galancetes del barrio, que serían capaces de enfrentar al cura sin cabeza a manos limpias, solo para recibir al menos una mirada o una sonrisa de Rosita, que tenía todos sus dientes, blancos, hermosos y un cabello rojizo natural que le envidiaría cualquier estrella de Hollywood de aquella época. En el barrio se decía que Chela no solo era buena para fumar su pipa, sino que también lo era con la escopeta que siempre tenía preparada por si acaso el cura se acercaba por el lugar.
Rosita no tenía novio, nunca se le conoció uno, hablaba poco, se comunicaba más con su sonrisa que con palabras.
Las comadres del lugar sostuvieron durante muchos años que les resultaba muy sospechoso que el cura sin cabeza, dejara de aparecer, justo  en el mismo tiempo que Rosita y doña Chela se fueron del barrio. Las ánimas no existen, pero que las hay, las hay.
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