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domingo, 7 de noviembre de 2010

El sexto mandamiento.

Dicen que un dicho muy popular entre los curas es “no hagas lo que yo hago ni digas lo que yo digo” como estableciendo un límite entre nosotros simples mortales, y ellos “ministros de Dios”
No voy agregar nada nuevo a lo ya dicho por muchísimos otros medios sobre el escandalete que se produjo en Trujillo (Perú) entre el cura José Antonio, su fámula Teodolinda y el marido de ésta y cornudo en discordia, perdón tercero en discordia.
El marido se enojó mucho cuando encontró a su Teodolinda acostada con el cura y le recriminó “Como dices a los hijos que estás haciendo limpieza, y mira donde te encuentro”,
Desde mi punto de vista la señora decía la verdad pues cuando la pillan in fraganti ella muy hacendosa le limpiaba una  obstrucción notoria a simple vista, debajo del ombligo de don José Antonio el cual de inmediato confesó:”Yo reconozco, es mi falta. Es una trampa en la cual yo he caído”.
De acuerdo a la información  que pude recoger  antiguamente dos mandamientos de los diez, se ocupaban de estas cuestiones. El sexto que antes decía: No fornicar, y que luego fue cambiado por:” No cometerás actos impuros y el noveno que en su versión primaria decía: No desear la mujer de tu prójimo (algo en lo que estábamos todos de acuerdo, no hay que desearlas, sino darles directamente) que también recibió un retoque (no sé bien de quién o quiénes) y quedó redactado así: “No consentirás pensamientos, ni deseos impuros”, con lo cual  tanto en la versión antigua como en la nueva el presbítero  estaba hasta la tonsura.
Don José Antonio dice que es muy difícil resistir la tentación por aquello de “El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla.” y  así pasa lo que viene pasando desde Adán y Eva, la que sigue repartiendo manzanas a diestra y siniestra, con otros rostros y con otros nombres, a los incautos adanes que aceptan morder el fruto prohibido.

El affaire de José Antonio y Teodolinda me hizo recordar a un relato de lo sucedido en un pueblito de España, entre el cura de la aldea,  su asistente Pedro y la mujer de éste.
El cura era bastante goloso y sus feligreses en conocimiento de esta debilidad, esperando ganarse el cielo con ello, le hacían llegar periódicamente ricas tortas, buenos vinos, algún que otro cabrito bien preparado, buenos jamones y riquísimos quesos, algunos de los cuales jamás llegaban a sus manos pues el muy ladino de Pedro su jardinero y sacristán los confiscaba, tal vez a pedido de su esposa para que al cura no le creciera más su ya abultada panza.
El cura usando una artimaña le recordó a Pedro que hacía tiempo que no visitaba el confesionario y que esto no era bueno para su salud espiritual.
A regañadientes Pedro aceptó pasar por el confesionario y este fue el diálogo que allí se produjo: Dime Pedro, me oyes bien.
-Si padre, fuerte y claro.
-Bien Pedro, tu sabes que mis feligreses generosamente me hacen llegar todo tipo de obsequios, muchos de los cuales han desaparecido sin ninguna explicación, que me puedes decir de eso?
- a lo que Pedro responde: No se oye nada padre.
-Como que no oyes Pedro, ya a ti te oigo perfectamente y  un tanto molesto le repite la pregunta, a lo que Pedro vuelve a responder: No se oye nada padre.
Sale el cura del confesionario y le dice: A ver, ve tú allí dentro que yo ocuparé tu lugar, no puede ser que no me escuches.-
Entra Pedro en el confesionario, verifica que el cura le escucha bien, una y otra vez, y luego pregunta: “ Padre,  esto Ud. lo sabrá tan bien como yo, quién se acuesta con la mujer de Pedro?
A lo que el cura con voz débil responde: No se oye nada Pedro.
Ite relatum est.
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